28 ago. 2010

Editoriales El Ortiba

La siguiente es una selección de notas breves y editoriales publicadas en El Ortiba en los últimos años (algunas reproducidas en varios sitios de la red) que por alguna razón he querido agrupar y preservar de la agonía del día después de la noticia diaria.  


ME GUSTABA TU VOZ

El Perón que yo quiero no es El General, ni el Primer Trabajador, ni el Tres Veces Presidente.

El Perón que yo quiero se llama Juan Domingo, como seguramente lo llamaba Evita. Pícaro y astuto, alegre y jodón.

Dos veces lo ví de cerca, nada más. Una vez en Gaspar Campos asomado a la ventana, con aire de recién levantado y esa eterna sonrisa compradora, y ese estar como pez en el agua en el vértice de un quilombo de gritos y de bombos que sonaban para él. Que pedían por él. Era tan grande la alegría que podía tocarse. "Qué suerte tenemos los peronistas, cualquier cosa rima con Perón -dijo un compañero de la JUP en medio de la multitud- conducción, paredón, revolución, corazón..."

Mirá qué boludez, me digo ahora. Pero entonces las simples boludeces parecían cosas importantes, por ejemplo que un universitario de Letras dijera qué suerte que Perón rima con revolución. Es que uno estaba cerquita de Perón y se permitía ser un poco niño, un poco inocente, un poco boludo.

Uno se permitía soñar, porque él, a quien tanto habíamos esperado, él ahora estaba ahí, ahí. Podíamos verlo, olerlo, sentirlo. Y sobre todo amarlo. Perón era, como debe ser, puro sentimiento, y aunque rimaba con todo lo que terminara en on nunca se nos ocurrió rimarlo con razón. Con Perón uno dejaba de ser razonable. Perón era, rimadito, solo corazón.

Pero lástima, después ahí, en Gaspar Campos, se asomó el brujo y se lo llevó para adentro. Perón hizo el gesto del tano verdulero, encorvándose un poco, juntando la yema de los dedos y moviendo las manos de atrás para adelante, como diciendo ¿ahora que estaba tan lindo me tengo que ir?

Qué lástima Juan Domingo que te llevó el brujo y nos privó de vos, qué lástima.

La otra vez que lo ví fue detrás de un vidrio blindado en la Plaza de Mayo. Me pareció que estaba triste. No sé, o tal vez el triste era yo. Qué se yo. Pero había tristeza. Demasiada tristeza hubo ese día.

Después nunca más lo ví tan de cerca, siempre de lejos, en la tele, en el cine o en el diario.

Qué distinto es todo ahora que no estás, Juan Domingo. No sabés, tendríamos tantas cosas para hablar. Para decirte tenías razón en estas cosas, para discutirte otras, pero sobre todo para escucharte hablar de táctica y estrategia y todo eso que te gustaba tanto, solo para escucharte hablar, jodón, rápido, astuto. Porque la verdad me importan tres carajos las tácticas y las estratregias, solo quisiera tenerte enfrente para oír tu voz, esa voz paternal y segura que llevo tan adentro y que tanto deslumbra y reverbera que cualquier otra cosa del universo parece baladí.

Si vieras Juan Domingo como cambiaron las cosas. No te aflijás, ya a no queremos hacer ninguna revolución, nos conformamos con una razonable gestión. Ya no deseamos construir el Hombre Nuevo, nos alcanza el sujeto social con necesidades básicas satisfechas. Ya no queremos la patria socialista, qué vá, solo pretendemos llegar, si nos dejan y se puede, al fifty-fifty que vos lograste en cinco años. Imaginate como cambiaron los tiempos, Juan Domingo, antes el enemigo eran la oligarquía y el imperialismo, ahora es un diario.

Ya no somos apresurados ni tampoco juramos dar la vida por Perón, ni por nadie. Ahora todo es un poco más seguro y tranquilo, prima el sentido de realidad sobre el desborde de la magia. Si lo vieras Juan Domingo, qué triste, gris y mediocre parece ahora la realidad. Las cosas importantes ahora parecen simples boludeces.

Me gustaba la magia que brotaba de tus palabras. Una magia donde Todo era posible y realizable. Será por eso que me gustaba tu voz.

1 de julio 2010


SENSATECES

Hablo por mi generación, crecida a la sombra de eternas dictaduras que siempre prometían un futuro mejor y dejaron un saldo ignominoso.
Hablo por quienes hemos visto desfilar obispos, purpurados, santidades, cardenales, eminencias, monseñores y nuncios de puntillosas y estrafalarias vestimentas y ridículos y carnavalescos bonetes, siempre prestos para mezquinarle oídos a la voz del pueblo y bendecir con satisfacción y alegría torturadores y asesinos.
Hablo en nombre de los machos bien machos que se voltearon a todas las hembras bien hembras que pudieron y se dejaron.
Hablo en nombre de los sentidos que nos dan sentido y de las palabras que nos hablan.
Durante mucho tiempo a ellos y ellas les dijimos trolos, maricones, afeminados, putos, invertidos, travesaños, tragasables, marcha atrás, trapos y un largo etcétera de expresiones populares cancheras, humorísticas, risueñas, sagaces, astutas, ácidas, discriminatorias, despreciativas, humillantes, hipócritas y crueles.
Sobre todo crueles.
Durante mucho tiempo hemos bromeado, nos hemos reído, mofado y burlado hasta el hartazgo.
Cuando nos dio tanta vergüenza y quisimos ser un poco compasivos les dijimos "diferentes".
Cuando pretendimos ser audazmente modernos les dijimos gays.
Cuando necesitamos hacernos los superados los nombramos GLBT.
Tristes de tristeza infinita inventamos un mundo perfecto con mamases y papases que cenan juntos y cojen los jueves a la noche.
Un mundo de cándidos niños merecedores de tener papases y mamases felices que cenan juntos y cojen los jueves a la noche.
Machos y hembras respetuosos de la ley y el orden natural como dios manda.
Como si esa sola condición bastara para alcanzar el cielo, la gracia de dios y ser normales.
Nosotros, heterosexuales que nos amamos tanto, no podemos permitir que los morfetas, tragaleches, tortas, mariquitas y bufarrones, que obviamente no pueden engendrar como dios, los solemnes púlpitos y el sagrado orden natural mandan, sean también mamases y papases felices.
No es posible que comilones, culorrotos, chupapijas, tortilleras y traviesas sean tan felices.
Atravesados por las palabras, al final de este largo, muy largo camino, de veladas o explícitas y crueles incriminaciones y aberrantes discriminaciones, estamos hartos de palabras, hastiados de sensateces, de sentidos comunes, de justicias y moderaciones que los heterosexuales pedimos pero no otorgamos.
Por todo ello, queridos y sensatos congéneres, queridos admonizadores de dedito levantado, queridos impugnadores de la felicidad ajena, queridos machos bien machos y hembras bien hembras que cenan juntos y cojen los jueves a la noche, como dios y los célibes eclesiásticos que dicen que no cojieron nunca mandan, queridos obispos, purpurados, santidades, cardenales, eminencias, monseñores y nuncios de puntillosas y estrafalarias vestimentas y ridículos y carnavalescos bonetes: ¿por qué no se van un poquito a la concha de su madre?

13 de julio de 2010


QUE TRISTE VUESTRO FALLO, SEÑORIAS

Condenan a tres hombres a prisión por robarse una vaca para comer. La propiedad privada es intocable, dice la Justicia. Donde hay una necesidad hay un derecho, decía Evita. El mismo día que una ola de indignación recorría el mundo debido al robo del cartel de la entrada de Auschwitz, donde los nazis privaron a millones de seres humanos del don milagroso de la vida, en el otro extremo del planeta tres hombres fueron condenados a prisión por robarse una vaca para dar de comer a sus familias durante la crisis de 2001. Crisis que fue consecuencia de los años de pizza y champán de la rata de Anillaco, años de tirar a la marchanta las empresas del Estado y rifar el patrimonio público, época aquella idealizada por un tilingo yanqui y sus acólitos locales.

La noticia dice que la Cámara de Casación bonaerense confirmó condenas de varios años de prisión contra tres acusados de robar una vaca para comerla. La mayoría de la Sala Primera del Tribunal fundó la condena en que “Ni la miseria, ni la dificultad de ganarse el sustento propio necesario y el de los suyos son presupuesto de la eximente del estado de necesidad” sin considerar varios testimonios que describían a los acusados como “personas honestas que buscaban trabajo sin éxito y a su vez que eran responsables de familias numerosas”, explicando que habían robado el animal para consumirlo y no para venderlo. El voto minoritario de la Cámara se expidió por la absolución, fundado, justamente, en que el hecho había sido cometido “para subvenir a las necesidades de los suyos“.

Nos parece bien la indignación por el cartel de Auschwitz, todo un símbolo del horror. ¿Pero de este horror quién se hará cargo?  ¿Los jueces que fundaron la condena en que "Ni la miseria ni la dificultad de ganarse el sustento propio necesario y el de los suyos son presupuesto de la eximente del estado de necesidad” ¿El indolente dueño del animal que no levantó la acusación contra tres hombres pobres, de pobreza infinita, que no tenían para comer? ¿El sistema jurídico-político que defiende a rajatabla la sacrosanta propiedad privada a costa del sufrimiento y la extinción por hambre del prójimo? ¿El capitalismo que protege y apaña el lucro desmedido y la rapiña ilimitada a costa de la supervivencia misma del planeta, como quedó demostrado en el rotundo fracaso de la cumbre climática de Copenhage?

Si no soñáramos, si no creyéramos, si no esperáramos, si no lucháramos para que algún día todo este desatino, toda esta vileza, toda esta injusticia, toda esta maldad estalle en mil pedazos para parir un mundo nuevo donde los hombres se sientan hermanos y no lobos de sí mismos, sería infinita la resignación y la tristeza. Qué triste, qué mezquino, qué inhumano vuestro fallo, miserables señorías.

17 de diciembre 2008


MORIR EL DIA DE LA PRIMAVERA

Hugo Soria tenía un trabajo de esos que no le gusta a casi nadie, quizás uno de los más despreciados de la escala social. Cuando yo era chico mi papá me decía que si no estudiaba iba a terminar juntando basura. Y era terrible. No por el trabajo en sí, pues a los ojos de un niño recorrer la ciudad arriba de un camión inmenso y ruidoso era comparable a las correrías de Sandokán y los piratas de Malasia. Lo terrible es que los recolectores de basura andan siempre corriendo, siempre dando grandes voces entre chirridos de frenos y ruido de motores. Siempre apurados. Mucho no ha cambiado la cosa, pues sigo escuchando casi los mismos gritos, casi los mismos ruidos, y con el mismo apuro. Un amigo me decía que los recolectores de basura deberían tener los sueldos más altos ya que hacen el trabajo más sucio -literalmente hablando- que nadie quiere hacer. Y jamás de los ve ociosos, muy por el contrario, siempre están como atrasados en cumplir vaya a saber uno qué planilla de horarios de vaya a saber qué oficina. Lo terrible es la urgencia del horario. Y qué oprobiosa carga debe tener la basura en el imaginario colectivo ya que cuando queremos descalificar y humillar a alguien decimos "es una basura", o algo así.

Pues Hugo Soria hacía eso, juntaba basura, tenía veintidós años y una vida por delante. Y toneladas de basura de los otros recorrida entre sus manos, pasada por su cuerpo, atravesada en su alma. Trabajaba para la empresa Cliba en la ciudad de Córdoba, iban -seguramente apurados, como siempre- por el barrio General Paz cuando se resbaló y quedó atrapado bajo las impiadosas ruedas del camión. Era el día de la primavera. Un humilde trabajador, dirán los caretas. Un buen muchacho, replicarán los más. Un empleado desafortunado, murmurarán los dueños de Cliba, mientras administran su reemplazo. Tal vez una esposa o una novia, tal vez un amigo, tal vez su mamá y su papá, tal vez lo lloren y le dejen una flor de esta flamante primavera, que él no pudo ver.

Y yo, que pude zafar de ser recolector de basura porque mi papá me amenazaba para que estudiara, no sé cuántas lágrimas habrá que verter por Hugo Soria en un tiempo donde el imperativo categórico es juntar títulos y bienes, y sobre todo dinero, mucho dinero, porque la posesión de objetos en este mundo capitalista y mezquino, tramposo y miserable, es sinónimo de éxito. Resulta escandaloso darse cuenta que para que algunos pocos no pierdan su tiempo mientras juntan plata, mucha plata, muchos Hugo Soria se encargan de juntarles la basura.

Una flor y una lágrima para Hugo, un buen muchacho.

22 de septiembre 2008


FURIA CAPITAL

De tanta información habida en la gran catarata informativa, que desde todos los rincones de un mundo globalizado inunda las pantallas, los papeles de los diarios y la onda radiofónica, rescato dos noticias, aparentemente inconexas y prácticamente irrelevantes. Ambas pertenecen al 18 de julio de 2007.

El mismo día en que un presidente norteamericano, pletórico de maldad e hipocresía, declaró omnipotente que para evitar la tercera guerra mundial debe evitarse (o sea invadir, matar, destruir) que Irán desarrolle sus terribles y pavorosos planes nucleares.

El mismo día en que el barril de petróleo alcanzó el récord de los 89 dólares, impulsado por un inminente ataque turco a los separatistas kurdos de Irak (entiéndase bien, no es que los mercados se conmuevan por las posibles víctimas, claro que no, los racionales mercados están aterrados por la posibilidad de que se corte el flujo de petróleo desde Medio Oriente.

El mismo día que Sarita y Ricardo, mis vecinos desocupados de grandes ojos tristones, almorzaron fideos baratos, hervidos y apenas rociados con un poco de aceite mezcla de tercera marca (por suerte los chicos van al comedor escolar). Sarita y Ricardo hablan poco, y lo hacen bajito. Como si hubieran hecho algo malo, casi con un poco de vergüenza que avergüenza, por estar, por existir, por caminar y respirar.

El mismo día en que una primavera, que se hace desear, desgrana hermosas y primaverales jovencitas, que también se hacen desear, con livianas ropas olorosas por las mezquinas vereditas de Montserrat.

Una de las noticias dice que James Watson, premio Nobel de Medicina y uno de los miembros del equipo que descifró el genoma humano, desató una fuerte polémica al afirmar a un diario británico que considera errado creer que "la inteligencia de los africanos es como la nuestra". Y agregó: "La gente que tiene que tratar con empleados negros sabe que eso no es así".

La otra noticia, del ámbito local, señala que detuvieron a dos sospechosos de matar a un cartonero en Villa Fiorito. El cartonero era un muchacho de 18 años que "revisaba unos bolsones", como dice el medio informativo.

Es increíble el poder de las palabras. Imagínese la escena, seguramente la habrá visto muchas veces, y cuando uno mira a esa gente "revisando bolsones" no piensa en esas palabras sino en revolver y en basura. En revolver basura. Qué distinto sonaría si nos lo planteáramos con la misma claridad y racionalidad de los mercados. Preguntarnos por ejemplo ¿por qué existe gente que debe revolver basura, los restos, el descarte, las sobras de los otros, para poder vivir? Parece ser que el señor que disparó contra el cartonerito de 18 años había discutido previamente con él cuando pasaba con su automóvil, después volvió armado y le disparó a mansalva. Lo mató.

Recuerdo la época en que el señor Blumberg era aún creíble y convocaba multitudes, y que a su hijo muerto de más de 20 años algunos medios nombraban "el chico". Claro, es mucho más terrible matar "chicos" que matar impersonales jóvenes, impersonales cartoneros. Y aún antes de Blumberg otros medios hacían alusión al secuestro de una jovencita de 18 años (de obvia tez blanca) como una "chica" secuestrada, pero una página más adelante, mucho más pequeño y sin recuadro, el mismo medio contaba que había sido violada "una mujer de 16 años". La mujer, la jovencita, era morochita, obvio, y hasta capaz que había provocado, y hasta capaz que se lo merecía, vaya uno a saber.

Los humillados, los explotados, los descartados, los excluidos, los negritos (recuerdo el reportaje al cura miserable Von Wernich cuando declaró muy suelto de cuerrpo en 1984 que Camps era incapaz de torturar al periodista Jacobo Timerman, ya que no se trataba "de un negrito cualquiera") no solo sobran, no solo están al pedo, sino que ni siquiera son tan inteligentes como los blanquitos. Sobran. Como los cartoneritos. Como Sarita y Ricardo. Como usted, si un día el racional mercado se despierta con furia capital, capitalista, y decide que usted ya está de más, que ya no sirve, que está al pedo en este mundo de barriles de petróleo, muchachas deseadas y fideos con aceite, donde solo tienen derecho a la existencia y solo pueden ser felices los blanquitos

18 de octubre 2007


LOS SABERES PERDIDOS

Las ya numerosas muertes por inhalación de monóxido de carbono (léase brasero), en este invierno del hemisferio sur que parece va a ser riguroso (dejamos las alternativas del cambio climático para otro momento), nos sirve para reflexionar sobre la pérdida de ciertos conocimientos de supervivencia. Esos saberes que no se enseñan en ningún colegio sino que son fruto exclusivo de la experiencia de vida. Cuando yo era chico, allá hacia fines de los años cincuenta, en un país triste y gris de energúmenos fusiladores e impiadosos dictadores que comulgaban todos los domingos y fiestas de guardar, en un país vaciado de alegría y viciado de tristeza, en la honrosa humildad de un barrio cualquiera de un pueblo cualquiera, cualquier pibe de 10 años sabía que uno no podía encerrarse así como así en una habitación sin ventilación con un brasero prendido. Se sabía que había que "quemar" bien la leña, o el carbón, al aire libre antes de meter el brasero en la pieza. Lo que sabe cualquier asador: las emanaciones de la leña o el carbón mal quemado pueden provocar cierto gustillo amargo en los chinchulines y la tira de asado. Es más, encerrarse en una pieza sin aireación con un brasero prendido era el método eficaz e indoloro que elegían los pobres para volar presurosos de las desgracias de este mundo. Una muerte, si se quiere, bastante tranquila. Los ricos, en cambio, se suicidaban terriblemente y con gran escándalo, con pastillas de cianuro o armas de fuego.

Cuando yo era chico no era nada raro ver braseros prendidos en las humildes casitas de mi barrio (discupen los lugares comunes). En mi casa había una estufa a querosén, aquellas con velas radiantes que invitaban mágicamente a la contemplación. Claro, cuando se tiene ocho años y nada para hacer. Pero por el brasero nadie se moría. En aquel pueblo de llanura, en aquella época, el gas existía solamente en garrafas y cilindros y no era cuestión de despilfarrarlo para calentarse en invierno, solo se lo usaba para cocinar. En el baño había un viejo calefón eléctrico, desvencijado pero en funciones.

Más abajo de los pobres estructurales estaba la gente de la calle, los eternos marginales, un pequeño grupo social, muy pero muy pequeño, de irremediables borrachines alegres o alterados mentales, ellos eran los pocos habitantes exclusivos y permanentes de las calles, y no había asistencia social que doblegara su gusto por la calle. Sabían que para combatir el frío hay que ponerse papel de diario, un excelente aislante, entre el pecho y la espalda y la ropa. Conocían quienes eran los vecinos y comercios más generosos y sabían proveerse de uno o dos perros peludos para compartir el calorcito de sus cuerpos. Y aunque no todo era magia ni poesía, el mundo transitaba las heladas noches con suma mansedumbre, pues se sabía que inexorablemente alguna vez llegaría la mañana y calentaría el sol.

Luego vinieron los 60, los 70. Estaría bueno recordar que la distribución de la riqueza en los años 70, pese a las recurrentes crisis económicas, era muchísmo más pareja que hoy en día. El brasero pasó a ser objeto exótico, del ámbito rural o de los jipis de El Bolsón. Solo un par de generaciones adelante se ha perdido cierta cultura de la pobreza: hoy ya no se sabe como sobrevivir cuando se carece de casi todo. Y eso está teóricamente bien, porque significa que esos conocimientos ya no eran necesarios. Hoy es tan anticuado padecer sabañones como saber como curarlos. Simplemente no hace falta conocerlo, porque los sabañones son cosas de un pasado lejano y casi mítico en los grandes centros urbanos. Cuando yo era chico los piojos eran vergonzantes y cuando aparecían se los combatía con productos naturales e higiene a fondo. Hoy los piojos son un elemento más en la mochila del piberío escolar, y no alcanza todo el arsenal químico-comercial del mercado para erradicarlos de una vez por todas.

La vida es el bien más preciado y nadie en su sano juicio desea morirse. No se puede juzgar de imprudente a la gente que fallece por un acto tan irrelevante como prender un fueguito para calentarse. Simplemente no saben como hacerlo. No son pobres de toda la vida, o históricos, como gustan decir políticos, encuestadores y sociólogos, porque si lo fueran sabrían lo que hacer. Los muchos nuevos pobres nacidos de la fervorosa orgía neoliberal de los 90 carecen tanto de bienes como de herramientas y saberes, aquello que poseían los "viejos" pobres.

Algo anda mal, muy mal. Nos hemos convertido en una sociedad cavernícola y caníbal que cosifica y digiere a los individuos que contiene, promoviendo un individualismo tan feroz como aberrante donde conviven celulares, banda ancha, braseros y piojos. Todo junto, pero sin tocarse. Una sociedad totalmente desentendida de los que ya no contiene y quedaron afuera, arrojados al vacío de la nada social, a la desprotección más elemental, más inhumana.

En la calle Junín, a media cuadra de la avenida Santa Fe, inmóviles sobre colchones viejos hay unas personas irreconocibles, arropadas de pies a cabeza. De harapos, naturalmente. Imagínense la escena desde la ventanilla del 60: las nueve de la noche de un crudo mes de invierno; gente con celulares que vá y viene; jovenes dicharacheros con bufandas coloridas; grupitos de adolescentes gritonas con libros y guantes azules; dignos señores de sobretodo oscuro y maletines negros; señoras gordas con tapado de piel sintética y bolsa de shopping; caminantes con zapatos nuevos; olores de perfume, garrapiñada y pizza calentita; carteles de liquidación por fin de temporada. Un dálmata impecable, lustroso e irradiando salud, con su collar de cuero y su medallita de identificación, se acerca a los bultos grises y anónimos desparramados desprolijamente en la vereda. Los circunda. Los huele. Levanta ceremoniosamente la patita y los mea sin maldad. Parecería que en toda la galaxia soy el único que se da cuenta. Alrededor el mundo sigue andando. Y me detengo a pensar si para esta pobre gente, si para esta gente pobre, todavía habrá alguna mañana, algún sol.

7 de junio 2007


CIVILIZACION ¡¡¡JA JA JA!!!

La imágen reiterada hasta el cansancio de Saddam Hussein con la soga al cuello, unos segundos antes de ser finado, recorrió el planeta de punta a punta. Toda una metáfora de la Humanidad. De lo que en definitiva somos los seres humanos: intolerantes, violentos, asesinos. Capaces de generar medios de comunicación globalizados y superveloces e incapaces de desterrar del corazón el primitivo sentimiento de venganza. La imágen de quien con suprema soberbia se autonombra representante de un dios en la tierra -a quien sus seguidores llaman papa- tratando de disimular un momento de recogimiento en una mezquita turca recorrió, también, todo el orbe. Fue imposible no descuibrirle la babilla de hipocresía chorreándole por la papada, ya que poco tiempo atrás había despotricado a rabiar contra los musulmanes y su religión. La imágen -patética- del asesino Etchecolatz dando consejos de vida -como si él fuera alguien- unos segundos antes de ser condenado a cadena perpetua, aún está clavada en la retina de los argentinos. Es que hubo muchas cosas este año. Muchas. Menos civilización. Terminamos el año con un oscuro y embarullado secuestro -el de Gerez- felizmente resuelto, y otro -el de López- aún no esclarecido. Hace dos años morían estúpidamente 200 jovenes en un boliche bailable, por lo cual cayó un intendente y se abrió otra profunda herida en la sociedad. Qué difícil debe resultar ser niño en este año que se inicia. Qué jodido debe ser tratar de ser inocente, o al menos albergar alguna dosis de inocencia, de bondad, de altruísmo o de generosidad. El mundo, tal cual está -digámoslo de una vez- aunque nos esforcemos por encontrarle el lado bueno, es una reverenda y absoluta cagada. Y sin embargo es lo único que tenemos. Lo único posible. Con esta mierda debemos construír un aceptable porvenir. Con esta cagada de seres humanos que somos: malévolos, egoístas, hipócritas, asesinos, malintencionados, soberbios y estúpidos, debemos apostar por un futuro posible y asegurar, aunque más no sea a nosotros mismos, que vale la pena seguir viviendo. Ojalá alguna vez, aunque sea cinco minutos antes del final, el hombre deje de ser un lobo para el hombre.

31 de diciembre de 2006


UNO MENOS

Vamos a dejar de lado por un rato la odiosa moral de la neutralidad.
Vamos a saltearnos momentáneamente la prudencia del decoro.
Vamos a dejar que nazca, que crezca y no se ahogue la puteada.
La franca, la abierta, la noble puteada clamadora.
Una buena puteada nunca viene mal.
Distiende, baja la ansiedad, genera cierto bienestar.
Como gritar un gol.
Porque la muerte de un asesino se parece a un gol de la vida.
Los invito a gritar este gol desde el alma.
Ustedes dirán que esto no es serio, tal vez tengan razón, lo sé.
Dirán que alegrarse por la muerte ajena habla de la propia misera.
Tal vez tengan, quizás, un poco de razón, es cierto.
Dirán que la altura moral de una persona se reconoce por su capacidad de perdonar.
Tal vez tengan, quizás, otro poco de razón, aunque no tanto.
Tengo ganas de putear.
Por tantas vidas arrancadas como flores tempranas y pisoteadas en el barro.
Por tanto trajín de vidas escupidas, por todos los ausentes
hoy tengo ganas de putear de alegría.
Digo alegría y no felicidad.
Felicidad sería si en vez del asesino que ahora se prepara a desplegar sus negras alas rumbo al oscuro abismo de los aborrecidos, hubiéramos tenido noventa años entre nosotros a un luminoso Salvador con su sueño de un Chile alegre y para todos.
A un inabarcable Víctor con su alada guitarra nombradora.
A un generoso Miguel con su fusil en llamas de esperanza.
Qué distinto sería este ecuánime y equidistante mundo,
repleto de perdonadores y prudentes pero carente de justicia.
Un mundo más bueno, más noble, más sincero.
En cambio, así, querido César, queridos niños,
qué triste el dos en el cuaderno.
En cambio nos quedó esta mierda.
Noventa y pico de años estuvo esta mierda entre los vivos,
con su olor insoportable y su codicia insobornable.
Respirando nuestro aire.
Recordándonos con su mirada de rata de los basurales
toda la sangre fresca, roja y joven que corrió entre sus manos.
Por eso tengo ganas de putear.
Porque quisiera no saber que en este mismo mundo,
donde un niño le sonríe a su sombra,
donde una chica se enamora,
donde una mujer venturosa se embaraza en un acto de amor,
existe un asesino de palomas.
Prudentes, ecuánimes y perdonadores hagan oidos sordos,
sensatos y equidistantes, por favor, abstenerse.
¡Pinochet y la puta madre que te parió carajo!

10 de diciembre de 2006