16 mar. 2011

Firme junto al pueblo

Este es el camino, dice mi amigo, ayer aguerrido militante que supo de canas y picanas, hoy un pacífico pelado, panzón y miope, pero con un corazón rebosante de afectos.

Es como aquel programa de Blaquie, ¿te acordás?, Volver a vivir -se entusiasma-, volver a ver la plaza llena de pendejos, volver a sentir orgullo de la historia. Nos echaron mil veces, nos llamaron infiltrados, nos persiguieron, nos mataron como a ratas. ¿Y por qué? Por pretender soñar una Argentina socialista. Claro, por la vía de las armas, es cierto, eso jamás nos lo van a perdonar, dice con ostentosa picardía. Pero acá estamos, ¡firme junto al pueblo!

Mi amigo, que mira el mundo a través de unos grandes lentes culo de botella, siempre termina así sus destemplados monólogos, arriba, abajo, al centro y adentro, el fondo blanco y el golpecito del vaso, ¡toc!, en la fórmica gastada de los bares viejos donde nos gusta encontrarnos, siempre con la mediación de un cachado pingüino de un litro de vino de la casa y media docena de empanadas recalentadas. Algo que podría traducirse como "esto es lo que digo y punto", y una risotada franca que brilla en sus ojitos que casi ya no ven. Igual que cuando se reía a los veinte años y andaba a las apurones por la vida.

Firme junto al pueblo, ¿pero sabés una cosa?, yo soy kirchnerista, al pejota me lo paso por las pelotas, dice mientras muerde la segunda empanada y llueven sobre la mesa un montón de miguitas que no estoy seguro si alcanza a ver o simplemente no le importa. Si la política no sirve para llegar al poder y transformar la realidad, ¿para qué mierda sirve?, redondea mirando hacia el techo y cerrando los ojos, así, en un silencio angosto, con todas las palabras colgadas de un hilito, como si la entera pesadez del Universo reposara por un segundo en su cabeza calva.

Pará macho, le digo llenándole el vaso, no te arrebatés, una cosa son los sentimientos de un momento y otras las convicciones de una vida, le digo no muy seguro que sea cierto, barriendo disimuladamente con el filo de la mano el enchastre de miguitas sobre la fórmica color marfil.

¡Convicciones las pelotas!, me contesta limpiándose la barba con uno de los papeles grises que hay enrollados en un vaso, nunca nos quisieron ahí adentro hermano, nunca nos aceptaron, nunca nos bancaron, a la primera de cambio te cuelgan el cartel de "montonero" y el paso siguiente es caratularte de "terrorista" antes de subirte a los empujones a la hoguera. Que se metan el pejota en el medio del culo, como dijo el compañero Reutemann. Yo estoy como Borges, hermano, veo manchas amarillas y dentro de poco voy a tener que usar bastón blanco, pero eso sí, la tengo bien clara: al pejota me lo paso bien por el forro de las pelotas, yo soy kirchnerista, francotirador independiente, peronista no encuadrado, cristinista, si les gusta bien y si no también, firme junto al pueblo, ¡toc!

Al menos te van a dar el asiento en el colectivo, Juana de Arco -lo gasto, llenando de vuelta los vasos-. Nunca se me hizo tan claro que el humor es el atajo perfecto para escapar de la angustia, un dique para el dolor intruso que nos inunda de golpe.

Lo único que espero de la vida son cuatro añitos más de Cristina, hermano, después me puedo quedar del todo ciego o irme tranquilo a jugar al truco con Néstor y los muchachos en la unidad básica de arriba, ¡toc!

Firme junto al pueblo, dijimos, esta vez, los dos. Y chocamos los vasos de vidrio berreta del viejo bar del Once, gruesos como los lentes de mi amigo, frágiles como un sueño que hay que proteger.

Marzo 2011