26 abr. 2011

El poeta que amaba a las mujeres

"Yo no entiendo el mundo sin mujeres. Yo no creo en la vida eterna: para mí la vida eterna es la mujer. Siempre estoy peleando porque haya una mujer al lado mío, no importa que perturbe".
Gonzalo Rojas

Cuanto más bello sería este mundo si los escritores y poetas, después de escribir, cerraran sus bocazas. Estos días tuve ganas de tirar a la mierda Conversación en la catedral y La guerra del fin del mundo. Pero no. No iré a privarme del arte que produjo admirablemente Vargas Llosa solo porque se ha convertido políticamente en un despreciable y energúmeno liberalote. Aparte esos libros costaron sus buenos mangos.

Recuerdo una noche larga de doblar papeles, de mate lavado, de diálogos intrascendentes para matar el tiempo en una unidad básica alegre y bulliciosa, hace ya tanto tiempo. Agotadas las inflamadas discusiones políticas y la pizza, se sabe que vienen las aburridas conversas sobre bueyes perdidos. Y todavía después, cuando también se acabaron los cigarrillos y la yerba, el difícil tiempo de oquedades, que cuando uno es joven y jodón llena con pelotudos cuentos a la madrugada.

El compañero trataba de convencerme de la gorilez de Borges y que por eso él no iba a leer jamás un libro suyo. No había leído una sola línea del maestro, un sola, pero lo había desterrado de su vida porque era gorila. Claro, tampoco había leído a Walsh, Costantini, Moravia, ni tampoco a Vargas Llosa, que para entonces apoyaba la revolución cubana. Me pareció un mal chiste, dado que era un estudiante. Creí que yo era un peronista raro, hasta que escuché a Dolina, muchos años después, hablar de su admiración por Borges.

No podemos dejarle toda la cultura para la oligarquía, creo que pensé ese día, aquella noche. No podemos permitir que nos expropien alegremente el arte. No podemos encerrarnos como el caracol en la calidez de una endogamia pobrecita y mezquina. Tal vez la definición más acertada del rol del escritor revolucionario la dió Haroldo Conti: lo único que podemos hacer los escritores es agregarle más belleza a este mundo, y en eso tenemos que ser mejores que ellos.

Ha muerto el poeta chileno Gonzalo Rojas, quien conoció a César Vallejo y odió estúpidamente a Pablo Neruda. Su biografía la encontrarán en oportunas notas con olor a muerte. Raro en Rojas, que era alguien que amaba tanto a la vida. A las mujeres. Sobre todo a las mujeres. Será por eso que me conmueve tanto.

Horacio Sacco, 25 de abril de 2011.


Cítara mía, hermosa...

Cítara mía, hermosa
muchacha tantas veces gozada en mis festines
carnales y frutales, cantemos hoy para los ángeles,
toquemos para Dios este arrebato velocísimo,
desnudémonos ya, metámonos adentro
del beso más furioso,
porque el cielo nos mira y se complace
en nuestra libertad de animales desnudos.

Dame otra vez tu cuerpo, sus racimos oscuros para que de ellos mane
la luz, deja que muerda tus estrellas, tus nubes olorosas,
único cielo que conozco, permíteme
recorrerte y tocarte como un nuevo David todas la cuerdas,
para que el mismo Dios vaya con mi semilla
como un latido múltiple por tus venas preciosas
y te estalle en los pechos de mármol y destruya
tu armónica cintura, mi cítara, y te baje a la belleza
de la vida mortal.


Desde mi infancia vengo mirándolas, oliéndolas...

Desde mi infancia vengo mirándolas, oliéndolas,
gustándolas, palpándolas, oyéndolas llorar,
reír, dormir, vivir;
fealdad y belleza devorándose, azote
del planeta, una ráfaga
de arcángel y de hiena
que nos alumbra y enamora,
y nos trastorna al mediodía, al golpe
de un íntimo y riente chorro ardiente.


A unas muchachas que hacen eso en lo oscuro

Bésense en la boca, lésbicas
baudelerianas, árdanse, aliméntense
o no por el tacto rubio de los pelos, largo
a largo el hueso gozoso, vívanse
la una a la otra en la sábana
perversa,
y
áureas y serpientes ríanse
del vicio en el
encantamiento flexible, total
está lloviendo peste por todas partes de una costa
a otra de la Especie, torrencial
el semen ciego en su granizo mortuorio
del Este lúgubre
al Oeste, a juzgar
por el sonido y la furia del
espectáculo.
Así,
equívocas doncellas, húndanse, acéitense
locas de alto a bajo, jueguen
a eso, ábranse al abismo, ciérrense
como dos grandes orquídeas, diástole y sístole
de un mismo espejo.
De ustedes
se dirá que amaron la trizadura.
Nadie va a hablar de belleza.


Carta del suicida

Juro que esta mujer me ha partido los sesos,
Por que ella sale y entra como una bala loca,
Y abre mis parietales y nunca cicatriza,
Así sople el verano o el invierno,
Así viva feliz sentado sobre el triunfo
Y el estomago lleno, como un cóndor saciado,
Así padezca el látigo del hambre,
así me acueste
O me levante, y me hunda de cabeza en el día
Como una piedra bajo la corriente cambiante.

Así toque mi citara para engañarme, así
Se habrá una puerta y entren diez mujeres desnudas,
Marcadas sus espaldas con mi letra, y se arrojen
Unas sobre otras hasta consumirse.

Juro que ella perdura porque ella sale y entra
Como una bala loca,
Me sigue a donde voy y me sirve de hada.


El fornicio

Te besaré en la punta de las pestañas y en los pezones,
te turbulentamente besara,
mi vergonzosa, en esos muslos
de individua blanca, tacara esos pies
para otro vuelo más aire que ese aire
felino de tu fragancia, te dijera española
mía, francesa mía, inglesa, ragazza,
nórdica boreal, espuma
de la diáspora del Génesis... ¿Qué más
te dijera por dentro?
¿griega,
mi egipcia, romana
por el mármol?
¿fenicia,
cartaginesa, o loca, locamente andaluza
en el arco de morir
con todos los pétalos abiertos,
tensa
la cítara de Dios, en la danza
del fornicio?

Te oyera aullar,
te fuera mordiendo hasta las últimas
amapolas, mi posesa, te todavía
enloqueciera allí, en el frescor
ciego, te nadara
en la inmensidad
insaciable de la lascivia,
riera
frenético el frenesí con tus dientes, me
arrebatara el opio de tu piel hasta lo ebúrneo
de otra pureza, oyera cantar las esferas
estallantes como Pitágoras,
te lamiera,
te olfateara como el león
a su leona,
para el sol,
fálicamente mía,
¡te amara!