21 dic. 2012

Lealtad

Los días previos a la caída de Isabel me crucé con un par de viejas jubiladas que algún genial funcionario había instalado en unas ridículas "Mesas de la lealtad" en algunas esquinas porteñas. Su tarea era repartir volantes y hablar con la gente. De más está decir que el decadente gobierno de Isabel carecía de militantes. Las viejas tomaban mate mientras sonaba algún tango bajito en una gastada Spika sobre una mesita atiborrada de papeles, un termo manoseado y una bolsita con bizcochitos de grasa. La historia recorría impiadosa las arrugas de sus caras y sus manos, más acostumbradas al puloil y el detergente que a doblar papeles. Seguramente habían vivido los años felices del General y Evita. Seguramente. Pero los transeúntes rechazaban sus papeles, los más exaltados les gritaban y las humillaban como si ellas tuvieran la culpa de todos los males del país, del mundo y de la galaxia.

Yo también rechacé con desdén los papeles que humildemente me ofrecieron en mano.

Ellas nada tenían que ver con el gobierno, por su ropa y sus zapatos raídos había que ser muy miserable para acusarlas de beneficiarse de la corrupción que se le endilgaba al gobierno. Nada tenían para ganar, nada para perder. Solo eran viejas peronistas de alma que defendían orgullosamente un gobierno que consideraban suyo. Mientras el mundo alrededor se caía en pedazos y el aire olía a marcha militar, ellas trataban de explicar, como podían, los logros del gobierno justicialista, con retórica de barrio, con simple oratoria, con una ingenuidad que enternecía. No eran, claro está, fogueadas intelectuales ni cuadros curtidos. Pero tenían una inmensa, poderosa, admirable convicción de fierro: defender a rajatabla su gobierno. Aunque fueran las últimas, aunque atrás no quedara nadie, ellas serían leales.

Los milicos habían amenazado meses antes. El gobierno se desmoronaba. El 23 de marzo, el secretario general de la CGT, Casildo Herrera, huía cobardemente al Uruguay y declaraba muy suelto de cuerpo "Me borré". Funcionarios y legisladores salían de sus despachos cargando cajas con sus pertenencias. El golpe se olía y ya casi era un hecho.

Las viejas seguían ahí, poniendo el cuerpo por un gobierno que se derrumbaba. Estoy seguro que, si por ellas fuera. podrían seguir repartiendo papeles y tratando de convencer a alguien aún después que el helicóptero militar se hundiera en la noche con la presidenta constitucional a bordo.

Durante años desprecié en la memoria a aquellas viejas. Después, ya con cierta experiencia de vida, el sentimiento transmutó pudorosamente en compasión. Hoy, recordando esas nobles viejas peronistas, siento por ellas una profunda pena, y por mi soberbia juvenil una intolerable vergüenza. Me gustaría encontrarlas, abrazarlas y decirles que entonces solo entendía intelectualmente, que es como entender a medias, el significado de la lealtad. Lealtad no solo a un gobierno sino también a una causa, a una historia, a una identidad que nos define como animales políticos y sujetos sociales. Lealtad que es más propiedad del corazón que de la mente. Lealtad que jamás entenderán los saltimbanquis, los aprovechadores ni los oportunistas.

Perdón, viejitas queridas, y gracias por haberme enseñado lo que implica la lealtad.

6 nov. 2012

Chau Leo

Tal vez se ha dicho tanto ante el vacío inmenso que deja Leonardo Favio (1938-2012) en la cultura popular, que pareciera que -por más que se acumulen- las palabras no alcanzan. Tal vez sea que -en casos como este- las palabras sobran. Vaya entonces como homenaje esta escena de 28 segundos de Gatica, el Mono.

 

29 oct. 2012

Las hormiguitas

Se van muriendo los viejitos hijos de puta,
y claro, ya tienen como ochenta, ochenta y cinco,
tenían alrededor de cincuenta
en el tiempo en que todo se estaba por hacer,
y el futuro era impaciencia de luz
que se agita con loco frenesí en la esquina del mundo,
ellos cincuenta, nosotros veinte,
ellos en el poder, nosotros en el desamparo,
ellos en cuarteles y oficinas de gobierno,
allí donde se diseñaban con esmero de escuadra
y obsesión de plumín
los modos cristianos y limpios de morirnos.
Ellos, absurdos serafines lameculos de occidente,
nosotros, pobres diablos, diablos pobres,
corriendo como hormigas marroncitas
en una llanura sin fin de papel blanco,
listos pa'l amasijo facilongo.
Terrible el escarmiento
por mostrarles los dientes de hormiguitas.
Terrible.
Y sin embargo, ah sin embargo, compañeros,
eramos tan felices las hormigas.
Y ahora tenemos alas de gorriones.


Horacio Sacco

29/10/12

22 oct. 2012

21 de octubre


Ha llovido a mares sobre la ciudad mugrienta,
pero el agua no ha lavado la angurria de los que tienen todo
ni la desesperanza de los que nada tienen,
han crecido yuyitos procaces en las macetas a la buena de dios
y hay una mariposa crucificada entre gotitas de agua,
la vecina gris ha colgado una alfombrita gris en un balcón gris,
ningún sol acaricia,
la radio dice que mañana será otro día, que bueno,
que qué le vamos a hacer,
la tele se apaga sola, de vergüenza,
un pájaro se emperra en cantar desafinado y torpe, muy lejos,
la autopista se duerme acunada entre bocinas y motores,
atardece,
una estrellita flaca pregona que al fin y al cabo
todo será igual, la noche, el día, el deseo, la muerte,
dicen que Bianchi no será técnico de Boca,
que nos devolverán la fragata Libertad,
nunca pisé la fragata Libertad,
dicen que descubrieron la Atlántida bajo el fondo del mar,
dicen que el año que viene será mejor que este,
dicen que inexorablemente se alargarán los días,
que se achicarán los sueños,
que no se descubrió la pastillita contra el odio,
que la tasa de interés interbancaria está bastante bien,
y yo acá, muriéndome por vos.


Horacio Sacco

12 oct. 2012

Elogio de la mujer chiquita

Por Juan Ruiz, Arcipreste de Hita

Quiero abreviar, señores, esta predicación
porque siempre gusté de pequeño sermón
y de mujer pequeña y de breve razón,
pues lo poco y bien dicho queda en el corazón.
De quien mucho habla, ríen; quien mucho ríe es loco;
hay en la mujer chica amor grande y no poco.
Cambié grandes por chicas, mas las chicas no troco.
Quien da chica por grande se arrepiente del troco.

De que alabe a las chicas el Amor me hizo ruego;
que cante sus noblezas, voy a decirlas luego.
Loaré a las chiquitas, y lo tendréis por juego,
¡Son frías como nieve y arden más que el fuego!

Son heladas por fuera pero, en amor, ardientes;
en la cama solaz, placenteras, rientes,
en la casa, hacendosas, cuerdas y complacientes;
veréis más cualidades tan pronto paréis mientes.

En pequeño jacinto yace gran resplandor,
en azucar muy poco, yace mucho dulzor,
en la mujer pequeña yace muy gran amor,
pocas palabras bastan al buen entendedor.

Es muy pequeño el grano de la buena pimienta,
pero más que la nuez reconforta y calienta;
así, en mujer pequeña, cuando en amor consienta,
no hay placer en el mundo que en ella no se sienta.

Como en la chica rosa está mucho color,
como en oro muy poco, gran precio y gran valor,
como en poco perfume yace muy buen olor,
así, mujer pequeña guarda muy gran amor.

Como rubí pequeño tiene mucha bondad,
color, virtud y precio, nobleza y claridad,
así, la mujer pequeña tiene mucha beldad,
hermosura y donaire, amor y lealtad.

Chica es la calandria y chico el ruiseñor,
pero más dulce cantan que otra ave mayor;
la mujer, cuando es chica, por eso es aún mejor,
en amor es más dulce que azucar y que flor.

Son aves pequeñuelas papagayo y orior,
pero cualquiera de ellas es dulce cantador;
gracioso pajarillo, preciado trinador,
como ellos es la dama pequeña con amor.

Para mujer pequeña no hay comparación:
terrenal paraíso y gran consolación,
recreo y alegría, placer y bendición,
mejor es en la prueba que en la salutación.

Siempre quise a la chica más que a grande o mayor;
¡escapar de un mal grande nunca ha sido un error!
Del mal tomar lo menos, dícelo el sabidor,
por ello, entre mujeres, ¡la menor es mejor!


Fuente: Libro de Buen Amor, de Juan Ruiz, Arcipreste de Hita, Editorial Castalia, Valencia, 1973. Existen tres copias manuscritas: el códice T, por haber pertenecido a la catedral de Toledo, que corresponde a la primera edición de 1330, que actualmente está en la Biblioteca Nacional; el códice G por ser su propietario Benito Martínez Gayoso, también de la primera edición, custodiado en la Biblioteca de la Real Academia Española de la Lengua; y el tercer manuscrito, llamado S porque perteneció al Colegio Mayor San Bartolomé de Salamanca, que corresponde a la segunda edición (1343) y que actualmente lo guarda la Biblioteca del Palacio Nacional de Madrid.

Se carece de noticias ciertas acerca del nacimiento y muerte de Juan Ruiz, uno de los hombres mas ilustrados de su tiempo. Parece ser que nació en 1283: según algunos investigadores en Alcalá de Henares, en Guadalajara según otros y una tercera corriente se inclina por Hita. En cualquier caso lo cierto es que el Arcipreste de Hita es el lírico mas sobresaliente del mundo medieval. El Arzobispo de Toledo le encomendó fiscalizar la vida de los clérigos de Talavera, misión que cumplió de forma tan desafortunada que el arzobispo lo encarceló en el convento de San Francisco de Guadalajara. En sus escritos hizo una sátira feroz al clero de su época y aprovechó el tiempo de prisión para escribir el Libro de Buen Amor, en el cual algunos investigadores han pretendido ver un retrato de su autor.

3 oct. 2012

Juan Manuel Inchauspe (1940-1991)

LOS TUYOS


Has llorado, en secreto, a los tuyos
Lenta, inexorablemente, los has visto partir
alejarse para siempre.
Has sentido, en tu corazón
el desprendimiento de una rama que cae.
Y luego has borrado
las huellas de esas lágrimas,
has contenido en el límite infranqueable
los bordes de tu propio dolor
y lo has devuelto a tu pobre vida,
a los días siguientes, a las horas
para que permanezca allí.
Oculto
como una invisible y constante
cicatriz.


HE TRATADO DE REUNIR PACIENTEMENTE

He tratado de reunir pacientemente
algunas palabras. De abrazar en el aire
aquello que escapa de mí
a morir entre los dientes del caos.
Por eso no pidan palabras seguras
no pidan tibias y envolventes vainas llevando
en la noche la promesa de una tierra sin páramos.
Hemos vivido entre las cosas que el frío enmudece.
Conocemos esa mudez. Y para quien
se acerque a estos lugares hay un chasquido
de látigo en la noche
y un lomo de caballo que resiste.


ESTA MAÑANA

Esta mañana al despertar
al abandonar el lecho de cenizas del sueño
me incliné como siempre en el jardín
pero no encontré la ayuda de mis palabras.
Quise saber por qué las aguas de aquella mañana
iban por encima de mí
más lejos de lo que yo esperaba
pero no encontré respuesta. En el lugar
donde todos los días mi rostro va a reflejarse
encontré una piedra oscura
de afiladas puntas.


NO TENÉS NADA MÁS

No tenés nada más que palabras
y decir esto
y decir que eliminaste los límites
entre el ser y no tener
es casi decir lo mismo.

Trabajás con nada.
Escribís sobre el vacío.
Frente a la rugosa realidad
tus herramientas se deshacen.

Asomado a una noche extraña
arrasada por los vientos
poblada de estrellas furiosas
que una vez dictaron a otros hombres
los nombres de fuego de Arturo
la Osa y el Centauro:
tu lengua sin cielo
tiembla
y se retuerce.


ENCADENADO A ESAS PALABRAS QUE NO VIENEN

No es fácil estar sentado aquí
esperando que las palabras vengan al fin
a sacarnos de este vacío donde sudamos
un áspero y conocido perfume a soledad.

No se puede esperar demasiado del tiempo.

En el patio observo
la línea de la mañana. El viejo sol
con una paciencia infinita trilla
lentamente la flamante llanura.

En este mes de septiembre
entro en mi trigésimo qué?

La gata de casa
semidormida
se revuelve voluptuosamente sobre el pasto:
con los ojos entreabiertos, indiferentes hacia afuera
como si gozara íntimamente con algún secreto
que yo no tengo
parece no importarle demasiado
mi desprotección.

Adentro
mi hijo pequeñito duerme todavía
duerme y sueña y vuela.
Yo en cambio sigo aquí
encadenado a esas palabras que no vienen.


LA ARAÑA

La veo asomarse en el orificio de un tronco podrido.
¿Cuál es, exactamente, su mundo? No lo sé.
Quizás sea ese tenso cordaje
entre ramas y hojas,
sobre el cual pretende ahora avanzar.

Alrededor nada se mueve.
Pero ella debe haber escuchado un oscuro llamado:
¿Mide realmente
la distancia que la separa del centro?
¿O se siente poderosamente atraída
por ese vacío cargado de peligros?
Como nosotros, a veces, en medio de la oscuridad
y de las palabras,
ella, la araña, emerge de pronto hacia la luz
y se aquieta de golpe
atenta a todas las vibraciones
de la red.


TRABAJO NOCTURNO

Temprano
esta mañana
encontré en el patio de casa
el cuerpo de una enorme rata
inmóvil.
Moscas de alas tornasoladas
zumbaban alrededor del cadáver
y se apretaban en los orificios de unas heridas
que habían sido sin duda mortales.
Con bastante asco
la alcé con la pala y la enterré
en un rincón alejado
del jardín.

Al volverme
desde el matorral de hortensias florecidas
emergió mi gata dócil
desperezándose.
Su brillante pelaje estaba todavía
erizado por la electricidad de la noche.
Me miró
y después comenzó a seguirme
maullando suavemente
pidiéndome -como todas las mañanas-
su tazón de leche fresca
y pura.

27 sept. 2012

El origen del mundo

Hacia pocos años que había terminado la guerra de España y la cruz y la espada reinaban sobre las ruinas de la República. Uno de los vencidos, un obrero anarquista, recién salido de la cárcel, buscaba trabajo. En vano removía cielo y tierra. No había trabajo para un rojo. Todos le ponían mala cara, se encogían de hombros o le daban la espalda. Con nadie se entendía, nadie lo escuchaba. El vino era el único amigo que le quedaba. Por las noches, antes los platos vacíos, soportaba sin decir nada los reproches de su esposa beata, mujer de misa diaria, mientras el hijo, un niño pequeño, le recitaba el catecismo.

Mucho tiempo después, Josep Verdura, el hijo de aquel obrero maldito, me lo contó. Me lo contó en Barcelona, cuando yo llegué al exilio. Me lo contó: él era un niño desesperado que quería salvar a su padre de la condenación eterna y el muy ateo, el muy tozudo, no entendía razones.

-Pero papá- le dijo Josep llorando-. Si dios no existe, ¿quién hizo el mundo? -Tonto- dijo el obrero, cabizbajo, casi en secreto-. Tonto. Al mundo lo hicimos nosotros, los albañiles.

[Eduardo Galeano - El libro de los abrazos]

2 sept. 2012

El milagro de la vida

Hoy cumplo 61 años. De chico quería ser astronauta como Yuri Gagarín surcando el helado silencio del espacio en la nave Vostok. También quería escalar el Kilimanjaro en las profundidades de Tanzania, o en su defecto ganarme la vida como domador de leones en un circo. Y aquí me ven, escribiendo boludeces en el Facebook. Por qué no pensar que en vez de entrar al otoño de la vida uno hace el ingreso triunfal en la primavera de la muerte, como diría Quino en clave de humor negro. Cuando el año pasado cumplí mis primeros 60 (estoy siendo irónico) escribí algo que, como mucho no ha cambiado la cosa, lo comparto de nuevo. Gracias por los saludos y los buenos augurios.

1º de septiembre de 2012

El milagro de la vida

Tengo un amigo puto, una hermana evangelista, un hijo experto en seguridad informática y un gato callejero, áspero y pulguiento. Tengo dos matrimonios fallidos, cinco o seis parejas fracasadas y una novia adorable. Tengo una fe inquebrantable en la evolución humana, creo que algún día llegará definitivamente el socialismo, pero el socialismo posta, nada de reformitas truchas al decrépito capitalismo. Alguna vez el hombre dejará de ser un lobo para el hombre. Tengo un mate uruguayo de madera tallada que es mi tesoro, el recuerdo de un padre obrero, maestro de pala, que jamás leyó un libro pero que se sentaba al alba bajo una parra para ver amanecer, un ratito antes de irse a la panadería. Tengo las orejas llenas de estrepitosos redoblantes y los ojos vaciados de lágrimas por los compañeros -los que comparten el pan-, los compañeros que no dieron ni regalaron la vida, se la arrebataron.

Tengo un limonero acorralado en una maceta grande que cuido como si fuera el árbol de la vida, y cada primavera, inexorablemente, me regala puñaditos de azahares. Tengo un frasco lleno de forros de todo tipo, textura, color y sabor, pero cuando llega ella y el aire se inunda de estrellitas de colores nos pasamos las horas tomando mate o comiendo pizza recalentada, hablando de política y guerras lejanas y gozamos saboreando las palabras que nos gustan como lapislázuli, ámbar cristalino o azul de metileno. Los narradores se sirven de las palabras, los poetas sirven a las palabras.

Lloro como un maricón cuando algo me emociona, desde la voz de Evita digitalizada a la muerte de un niño en Palestina o Berazategui. Tengo el alma curtida de tantos desamores y las manos inquietas por el pucho que, mierda, jamás pude dejar. Todavía me duelen como puñales los pío-pío de los pichones de gorriones caídos del nido que matábamos a palazos a los siete años. Todavía siento humillación y vergüenza por haberme copiado en aquel exámen de literatura y me descubrió el profe, el que más respetaba, el que más admiraba, el que más quería. Enseñaba con Cortázar en mano a escapar de gerundios y lugares comunes como de la desgracia. Siento dolor de alma de haberlo traicionado, querido, queridísimo profesor, trate de perdonarme, aunque hayan pasado cuarenta y cinco años y usted esté ya muerto.

Todavía sufro por las lágrimas de aquella chica que dejé a los veinte años. La dejé por otra que al final me dejó. Todo se paga, es el karma, me miento, para justificarme y aliviar la pena. Fui un desalmado con la pobrecita. Todavía recuerdo aquel pulóver peruano que tanto quería y perdí en Ezeiza entre balas peronistas de derecha. Si no hubiera ido me hubiese ahorrado la pérdida. Tal vez, quién sabe, valía más la pena ese pulóver. No lo sé.

Tengo una lista kilométrica de todas las cosas que no hice y otra más larga todavía de las que hice mal. Me río hasta el hartazgo de los satisfechos consigo mismos que juran y rejuran que de volver a nacer harían exactamente lo mismo. Creo que lo dicen para no enfrentarse con la angustia de haber vivido para el orto. Quizás no soportan la idea que la vida pudo haber sido muy distinta con solo un poco más de amor y menos egoísmo.

A veces pienso en la muerte, no me banco la idea de toda una eternidad sin su piel de magnolia, sin sus ojos verdecitos, sin acariciarle el culo, no siempre con deseo sino a veces con ternura, sin olor a café recién molido, sin la gloria de abrir un libro nuevo, sin Mozart, sin Piazzolla, sin Pink Floyd, sin Internet, sin mollejas a punto, sin los cuentos de Borges, sin pizza de Guerrín, sin ensalada de pepinos con hojitas de albahaca, sin el rezongo de un bandoneón, sin Buenos Aires, sin un Malbec con los amigos, sin dulce de higos y zapallo en almíbar como hacía mamá, sin olor a pan caliente, sin una copita de caña de naranja un domingo tristón y lluvioso de junio sin fútbol a las seis de la tarde, sin un gato que duerma ovillado a mis pies mientras escribo o navego en Internet y conoce mejor que mi analista mis penas y alegrías.

Lo que no puedo evitar es la culpa. Años de terapia no han logrado un alivio a la neurosis. Hasta de haber ganado la carrera con los otros espermatozoides me siento culpable, y no es joda, cuando estoy muy, pero muy depre, pienso que algún rezagado hubiera hecho las cosas mejor que yo.

Pero a pesar de todo dejar de vivir, ¡ay!, toda una eternidad sin mujeres, sin amigos, sin gatos, sin libros, sin tango, sin vino, será francamente intolerable. Lástima no creer en la berretada de dios, que como decía Don Ata, almuerza en la casa del patrón. Lástima no creer ni un tantito así en otra vida ni en ese burdo atentado a la razón llamado reencarnación. Una verdadera lástima. Será que nací bajo la luz de Virgo y no negocio ni a palos con el pensamiento mágico.

Ví el cadáver de Julio Troxler en una callecita de Barracas, asesinado por la Triple A, tenía un traje impecable y zapatos nuevos. Era un día perfecto, repleto de sol y el aire olía a chocolate de la fábrica El Aguila, ahí nomás. Nunca la muerte me pareció más injusta ni tan impertinente. Ví morir a un albañil sin almorzar, caído de un andamio, como en aquel poema de César Vallejo. Una vez una bala se incrustó en el arbol que nos protegía, junto a mi hermano en Chivilcoy, a la altura de la cabeza, era un paraíso joven. Ese día supe que el miedo huele a una mezcla de sudor con mal aliento y que tener huevos no es no tener miedo, sino seguir a pesar del miedo. Después de muchos años volví a ver el árbol: se había tragado el proyectil y tenía una corteza rozagante, como diciendo acá no pasó nada viejo. Solo yo sabía que enterrado en el corazón de la madera dormía el plomo que pudo arrebatarme el don prodigioso de la vida. No sé por qué lo único que se me ocurrió decirme, justo yo que soy ateo, fue "milagro".

Ví morir a mi vieja a los ochenta y cuatro años con demencia senil, no pudo superar la muerte de papá, unos años antes. Ignoraba que lo amaba tanto que fue capaz de enloquecer de amor.

Si pudiera volver hacia atrás lo único, pero lo único-único, que no cambiaría sería este desmedido, apasionado, extravagante, inextinguible deseo de vivir. Después de todo la vida es un milagro.

1º de septiembre 2011

[Texto publicado en Facebook]

11 jul. 2012

Infierno & paraíso

Imagino el paraíso lleno de gente buena y saludable que solo beben agua mineral sin gas, que no dicen palabrotas ni cuentan chistes verdes, ni menos se emborrachan el sábado a la noche. Obviamente tampoco se calientan ni masturban, y menos que menos hacen el amor alegre y furiosamente mientras fuman unos porros y le dan a la birra.

Imagino el paraíso como un lugar asquerosamente limpio y prolijito, señalizado con carteles cursis llenos de obviedades y lugares comunes en horrorosos colores fluorescentes: "Sé tú mismo", "Encuentra la paz interior" o "Anímate a ser feliz".

Imagino el paraíso como una inmensa nube rósea, donde revolotean cándidos angelotes regordetes con cara de nabo, haciendo mohínes y provechitos, mientras en el horizonte se divisa el inmenso y preclaro Ojo de Dios, que todo lo abarca, que todo lo sabe, que todo lo tiene fichado, como un eficaz y aceitado servicio de inteligencia.

Imagino el paraíso con música de Abba o de ignotos y aburridos coros parroquiales, sin tango, sin rock ni menos que menos boleros pegadizos a media luz.

Imagino el paraíso donde están prohibidas las comisiones internas, el erotismo, las discusiones políticas, el pensamiento crítico, los besos de lengua, el vino patero y el asado con cuero.

Imagino el paraíso donde lo más excitante y entretenido son los sermones de Bergoglio y las bendiciones Urbi et Orbi de Joseph Ratzinger, alias Benedicto XVI.

Definitivamente me quedo con el infierno.

18 may. 2012

¿Aforismos? No, pelotudeces

1. A veces la vida me parece un sueño. Otras una pesadilla. Como me gustaría de vez en cuando una vigilia.

2. Mi deseo de vos todo lo abarcaba, y así andaba todo el día, borracho de vos, empachado de vos, siguiendo tu rastro como un perro sin dueño. Buscándote. Deseándote. Un día reventó, qué querés. Chau che.

3. De todo lo que fui me queda la palabra. De todo lo nombrado un poco de memoria, un poco.

4. Hay palabras horribles como achicoria y hermosas como andrómeda; tintineantes como Juan y opacas como choclo; radiantes como azucena y oscuras como caverna; dulces como mandarina y agrias como orfanatorio; simples como hule y complejas como invertebrado; en fin, que las palabras no solo son significante/significado sino también estructuras fonológicas, ondas, sonidos, musiquitas que despiertan imágenes dormidas, sabores, aromas, texturas, recuerdos, miedos, ausencias. Oh, sí, las palabras.

5. Infancia, esa casa engañosa donde todo es posible, menos lo imposible.

6. Hay más verdad en tu silencio que en todas mis palabras.

7. Un día he de morir, me resisto, no quiero. No es cobardía, es que me gusta tanto vivir.

8. De las treinta y cinco mujeres con las que hice el amor ninguna se parece a vos, que nunca me has mirado.

9. ¿Aforismos? No, pelotudeces.

4 abr. 2012

Pasional

Por Horacio Sacco

¡Puta!, le dije nueve veces. Y nueve veces hundí el cuchillo de cocina, chiquito pero juguetón, en su carne blanca.

Nueve veces el ruido seco del acero pollerudo. Cuchillito acostumbrado a tiritas de zanahoria, hambriento de entrañas.

El olor espeso de su sangre caliente; su voz, ¿se dice atormentada? Me mordiste el dedo, puta, me mordiste.

¿Por qué no diez? No sé, pero al llegar a nueve dije basta. ¿Pensar?, no lo pensé, o sí, qué sé yo.

Me dijo hijo de puta, no llegó a terminar, hijo de put, y ahí le encajé la primera en la garganta.   

Le rompí la cadenita que le regalaron para el cumple. Es de Géminis. Me mordió un dedo, me dejó la marca.

La otra se la dí en la teta. Después en las costillas, ¿el corazón?, no sé, alguna capaz que se la dí ahí.

Le até las manos con el cable de la plancha. Lo corté de un tajo, y eso que era grueso. Estaba afiladito el chiquitín.

Le dí una trompada y la tiré al piso. Puteaba y pataleaba la perra. No gritó mucho, para no despertar a los vecinos.

Me le senté encima, me puteó, le tapé la boca y le dí, le dí, 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, el culo te abrocho.

La sangre tiene olor feo, o será la cocina, no sé, había cerca un tacho de basura color verdecito, como sus ojos.

Esos que apretás el pedal y levantan automáticamente la tapa, ¡ping!, como que te saludan.

Como que te invitan a que los llenés, que se la pongás en la boca. Son graciosos. Vos también eras graciosa, a veces.

Haceme tuya me dijiste, caliente, llename de vos, ¿no te acordás? Un 23 de abril, a las 4 y cuarto de la tarde.

Quiero llenarme de ti, de mí, de nosotros cuando éramos ¿se puede decir felices? Boba, ¿tanto te pedía?, ¿tanto?

Solo que me quieras un poquito. Al lado había una escoba mugrienta.

El tacho estaba repleto, habrán hecho ensalada –pensé-, por las hojas marchitas de lechuga en el piso.

No acertaste, nunca acertaste una, puta. Nunca, nada.

La sangre ahora sale a chorritos, disparada, primero es roja, después, al ratito, se pone negra. Va a costar limpiar.

Siento las rodillas mojadas, parece Mar del Plata, las olas y el viento, sucundún, sucundún.

Fuiste mía un verano, solamente un verano, la remerita de Bob Marley que te compré en el Once te marca los pezones.

Ibamos empapados por la lluvia, nos gustaba la lluvia, caminar despacito, comer alfajores, cantar.

Besarte hasta que el mundo suspenda la función, escapar a un lugar sin ayer, sin lunes ni martes. Solo de domingos.

Nada, nadie más que vos y yo. Si me hubieras querido, querida, no digo mucho, un poco, ¿tanto te pedía?

Tu pelo está empapado. Me gustaba acariciarte dormida. Peinate como a mí me gusta, te decía, y me hacías caso.

Todo para un costado, cosita linda. Te dí todo y no me diste bola, ¿se dice desagradecida?

Recontra jodete, puta. ¿O no te acordás cuando me decías soy tu puta, tu putita, tu putitita?

¿O no te acordás cuando me decías pedime lo que quieras mi amor?

¿O no te acordás ahora de todo eso? ¿O no era yo tu amo y tu señor?

¿O no era yo tu propietario y tu inquilino?

¿O no era que habías nacido para mí?

¿O no era que decías ahora tenés departamento, un lindo perro y una mujer que te ama?

Tenía. ¿No ibas a cumplir todos mis sueños, putitita mía?

¿No era que te miraban y te deseaban todos pero eras solo para mí?

Nueve, no sé por qué no diez, nueve, el culo te llueve. En una de esas perdí la cuenta.
Tantas cosas perdí. Vacío de perder. Perdí el laburo, perdí el departamento, te perdí. 

Todas mis cosas perdí, hasta el perro.

Lo agarró un colectivo cuando lo saqué a pasear por la avenida, a la nochecita, qué querés, era un perro boludo.

Qué me vas a cuidar, si no sabés cuidar un perro, me dijiste, perra. Decimelo ahora, dale, decimelo ahora.

Decime ahora que querés otra vida, decime ahora que querés a otro, decime ahora que jamás vivirías conmigo.

Decime ahora que nunca tendrías un hijo conmigo, que soy un inútil, un infeliz, que no sirvo para nada.

Decime que te cagué la vida, guacha, puta, vulgar.

Soy tuya me dijiste un 14 de mayo, a las 6 y media de la tarde. Te tomé la palabra. Estaba nublado y vos eras luz.

Pero no cumpliste. No me creíste. Nunca creíste que te amaba. Nunca, nadie creyó en mí, nadie, nunca, mi vida.

Todo lo perdí, qué querés, algo había que hacer. Mía o de nadie.

La seguimos en el cielo, mi amor, la seguimos en el cielo.


[Este texto se presentó en el concurso de cuentos del Grupo 23 convocado en diciembre de 2011. La característica novedosa del concurso fue que debía enviarse en mensajes (tweets) diarios en Twitter, que como el mundo sabe o debería saber, están limitados a 140 caracteres. Como el texto no llegó ni a octavos de final lo publicamos. Horacio Sacco, 4 de abril de 2012.]

16 mar. 2012

El tren que no se olvida

Por Carlos Humberto Alvez

A las seis de la mañana debía abordar el ómnibus que me dejaría en el Yaguareté Corá de mis desvelos. Frente a la Terminal de Ómnibus el reloj del bar daba las cinco en punto. Estaba amaneciendo. A lo lejos, el corso de la Avenida 3 de Abril murmuraba su asombro de plumas y lentejuelas. Crucé la calle, atravesé el corredor de la terminal hacia donde la estación del ferrocarril Urquiza y me senté al borde del andén -en el mismo lugar de otras veces- a contemplar con nostalgia las vías herrumbradas de la playa ferroviaria y el opaco moribundo del acero ahogarse irremediablemente entre los pastos.

(Una estación desierta es un campanario sin palomas, un amor no correspondido, un amigo que no está).

Busqué un sobre entre mis carpetas y extendí sobre el regazo una media docena de fotos, entre ellas la estación de Monte Caseros, la de Curuzú Cuatiá y la de Nuestra Señora de las Mercedes del Paiubre, galpón de máquinas incluido, donde una tarde, hace unos días, buscando recuerdos encontré fantasmas engrasando ejes y aceitando bielas y paralelas de una locomotora negra como el petróleo.

(Una estación deshabitada es un volcán de silencios en plena actividad. Un huerto infinito donde en almácigos germina, crece y se reproduce la soledad).

Así están las cosas. Los correntinos tenemos diagramado en el corazón un tren de pasajeros con vía libre a la nostalgia. Exactamente el mismo tren que por Corrientes hace un dolor de tiempo que no pasa.

(Una estación a la cual ya no llegan trenes es como un cuento sin final. Un fantasma en traje de gala celebrando la intemperie).

Así son las cosas. Así están. Así somos para todo aquello que amamos y por el sólo hecho de amar necesitamos.

(¿Cuántos trenes tendrá la memoria, cuántos vagones los recuerdos?).

Alcé la vista, miré lejos y respiré hondo, muy hondo, como queriendo atrapar el último halo de lo que fue una melancólica madrugada y me despedí del solitario andén. Un lejano e imaginario silbato y un monótono traqueteo me recordaron la fragancia a leño en brasa del humo de las calderas y el dulce aroma a petróleo derramado sobre el orden inalterable de los durmientes de quebracho.

(Una estación desierta es un acto de abismo).

4 mar. 2012

¡Feliz cumpleaños, Gabo!

La soledad de América Latina

Gabriel García Márquez

[Gabriel García Márquez en el edificio Condesa, el 26 de noviembre de 1966, durante una sesión de fotografías para la primera edición en México de su novela Cien años de soledad, de las que finalmente ninguna se incluyó, aunque sí se utilizó una para la primera versión en inglés. Foto Rodrigo Moya.]

La soledad de América Latina

Antonio Pigafetta, un navegante florentino que acompañó a Magallanes en el primer viaje alrededor del mundo, escribió a su paso por nuestra América meridional una crónica rigurosa que sin embargo parece una aventura de la imaginación. Contó que había visto cerdos con el ombligo en el lomo, y unos pájaros sin patas cuyas hembras empollaban en las espaldas del macho, y otros como alcatraces sin lengua cuyos picos parecían una cuchara. Contó que había visto un engendro animal con cabeza y orejas de mula, cuerpo de camello, patas de ciervo y relincho de caballo. Contó que al primer nativo que encontraron en la Patagonia le pusieron enfrente un espejo, y que aquel gigante enardecido perdió el uso de la razón por el pavor de su propia imagen.

Este libro breve y fascinante, en el cual ya se vislumbran los gérmenes de nuestras novelas de hoy, no es ni mucho menos el testimonio más asombroso de nuestra realidad de aquellos tiempos. Los Cronistas de Indias nos legaron otros incontables. Eldorado, nuestro país ilusorio tan codiciado, figuró en mapas numerosos durante largos años, cambiando de lugar y de forma según la fantasía de los cartógrafos. En busca de la fuente de la Eterna Juventud, el mítico Alvar Núñez Cabeza de Vaca exploró durante ocho años el norte de México, en una expedición venática cuyos miembros se comieron unos a otros, y sólo llegaron cinco de los 600 que la emprendieron. Uno de los tantos misterios que nunca fueron descifrados, es el de las once mil mulas cargadas con cien libras de oro cada una, que un día salieron del Cuzco para pagar el rescate de Atahualpa y nunca llegaron a su destino. Más tarde, durante la colonia, se vendían en Cartagena de Indias unas gallinas criadas en tierras de aluvión, en cuyas mollejas se encontraban piedrecitas de oro. Este delirio áureo de nuestros fundadores nos persiguió hasta hace poco tiempo. Apenas en el siglo pasado la misión alemana encargada de estudiar la construcción de un ferrocarril interoceánico en el istmo de Panamá, concluyó que el proyecto era viable con la condición de que los rieles no se hicieran de hierro, que era un metal escaso en la región, sino que se hicieran de oro.

La independencia del dominio español no nos puso a salvo de la demencia. El general Antonio López de Santa Anna, que fue tres veces dictador de México, hizo enterrar con funerales magníficos la pierna derecha que había perdido en la llamada Guerra de los Pasteles. El general Gabriel García Morena gobernó al Ecuador durante 16 años como un monarca absoluto, y su cadáver fue velado con su uniforme de gala y su coraza de condecoraciones sentado en la silla presidencial. El general Maximiliano Hernández Martínez, el déspota teósofo de El Salvador que hizo exterminar en una matanza bárbara a 30 mil campesinos, había inventado un péndulo para averiguar si los alimentos estaban envenenados, e hizo cubrir con papel rojo el alumbrado público para combatir una epidemia de escarlatina. El monumento al general Francisco Morazán, erigido en la plaza mayor de Tegucigalpa, es en realidad una estatua del mariscal Ney comprada en París en un depósito de esculturas usadas.

Hace once años, uno de los poetas insignes de nuestro tiempo, el chileno Pablo Neruda, iluminó este ámbito con su palabra. En las buenas conciencias de Europa, y a veces también en las malas, han irrumpido desde entonces con más ímpetu que nunca las noticias fantasmales de la América Latina, esa patria inmensa de hombres alucinados y mujeres históricas, cuya terquedad sin fin se confunde con la leyenda. No hemos tenido un instante de sosiego. Un presidente prometeico atrincherado en su palacio en llamas murió peleando solo contra todo un ejército, y dos desastres aéros sospechosos y nunca esclarecidos segaron la vida de otro de corazón generoso, y la de un militar demócrata que había restaurado la dignidad de su pueblo. Ha habido 5 guerras y 17 golpes de Estado, y surgió un dictador luciferino que en el nombre de Dios lleva a cabo el primer etnocidio de América Latina en nuestro tiempo. Mientras tanto, 20 millones de niños latinoamericanos morían antes de cumplir dos años, que son más de cuantos han nacido en Europa desde 1970. Los desaparecidos por motivos de la represión son casi 120 mil, que es como si hoy no se supiera donde están todos los habitantes de la ciudad de Upsala. Numerosas mujeres encintas fueron arrestadas y dieron a luz en cárceles argentinas, pero aún se ignora el paradero y la identidad de sus hijos, que fueron dados en adopción clandestina o internados en orfanatos por las autoridades militares. Por no querer que las cosas siguieran así han muerto cerca de 200 mil mujeres y hombres en todo el continente, y más de 100 mil perecieron en tres pequeños y voluntariosos países de la América Central, Nicaragua, El Salvador y Guatemala. Si esto fuera en Estados Unidos, la cifra proporcional sería de un millón 600 muertes violentas en cuatro años.

De Chile, país de tradiciones hospitalarias, ha huido un millón de personas: el 12 por ciento de su población. El Uruguay, una nación minúscula de dos y medio millones de habitantes que se consideraba como el pais más civilizado del continente, ha perdido en el destierro a uno de cada cinco ciudadanos. La guerra civil en El Salvador ha causado desde 1979 casi un refugiado cada 20 minutos. El país que se pudiera hacer con todos los exiliados y emigrados forzosos de América Latina, tendría una población más numerosa que Noruega.

Me atrevo a pensar, que es esta realidad descomunal, y no sólo su expresión literaria, la que este año ha merecido la atención de la Academia Sueca de las Letras. Una realidad que no es la del papel, sino que vive con nosotros y determina cada instante de nuestras incontables muertes cotidianas, y que sustenta un manantial de creación insaciable, pleno de desdicha y de belleza, del cual este colombiano errante y nostálgico no es más que una cifra más señalada por la suerte. Poetas y mendigos, músicos y profetas, guerreros y malandrines, todas las criaturas de aquella realidad desaforada hemos tenido que pedirle muy poco a la imaginación, porque el desafío mayor para nosotros ha sido la insuficiencia de los recursos convencionales para hacer creíble nuestra vida. Este es, amigos, el nudo de nuestra soledad.

Pues si estas dificultades nos entorpecen a nosotros, que somos de su esencia, no es difícil entender que los talentos racionales de este lado del mundo, extasiados en la contemplación de sus propias culturas, se hayan quedado sin un método válido para interpretarnos. Es comprensible que insistan en medirnos con la misma vara con que se miden a sí mismos, sin recordar que los estragos de la vida no son iguales para todos, y que la búsqueda de la identidad propia es tan ardua y sangrienta para nosotros como lo fue para ellos. La interpretación de nuestra realidad con esquemas ajenos sólo contribuye a hacernos cada vez más desconocidos, cada vez menos libres, cada vez más solitarios. Tal vez la Europa venerable sería más comprensiva si tratara de vernos en su propio pasado. Si recordara que Londres necesitó 300 años para construirse su primera muralla y otros 300 para tener un obispo, que Roma se debatió en las tinieblas de la incertidumbre durante 20 siglos antes de que un rey etrusco la implantara en la historia, y que aun en el siglo XVI los pacíficos suizos de hoy, que nos deleitan con sus quesos mansos y sus relojes impávidos, ensangrentaron a Europa como soldados de fortuna. Aun en el apogeo del Renacimiento, 12 mil lansquenetes a sueldo de los ejércitos imperiales saquearon y devastaron a Roma, y pasaron a cuchillo a ocho mil de sus habitantes.

No pretendo encarnar las ilusiones de Tonio Kröger, cuyos sueños de unión entre un norte casto y un sur apasionado exaltaba Thomas Mann hace 53 años en este lugar. Pero creo que los europeos de espíritu clarificador, los que luchan también aquí por una patria grande más humana y más justa, podrían ayudarnos mejor si revisaran a fondo su manera de vernos. La solidaridad con nuestros sueños no nos hará sentir menos solos, mientras no se concrete con actos de respaldo legítimo a los pueblos que asuman la ilusión de tener una vida propia en el reparto del mundo.

América Latina no quiere ni tiene por qué ser un alfil sin albedrío, ni tiene nada de quimérico que sus designios de independencia y originalidad se conviertan en una aspiración occidental. No obstante, los progresos de la navegación que han reducido tantas distancias entre nuestras Américas y Europa, parecen haber aumentado en cambio nuestra distancia cultural. ¿Por qué la originalidad que se nos admite sin reservas en la literatura se nos niega con toda clase de suspicacias en nuestras tentativas tan difíciles de cambio social? ¿Por qué pensar que la justicia social que los europeos de avanzada tratan de imponer en sus países no puede ser también un objetivo latinoamericano con métodos distintos en condiciones diferentes? No: la violencia y el dolor desmesurados de nuestra historia son el resultado de injusticias seculares y amarguras sin cuento, y no una confabulación urdida a 3 mil leguas de nuestra casa. Pero muchos dirigentes y pensadores europeos lo han creído, con el infantilismo de los abuelos que olvidaron las locuras fructíferas de su juventud, como si no fuera posible otro destino que vivir a merced de los dos grandes dueños del mundo. Este es, amigos, el tamaño de nuestra soledad.

Sin embargo, frente a la opresión, el saqueo y el abandono, nuestra respuesta es la vida. Ni los diluvios ni las pestes, ni las hambrunas ni los cataclismos, ni siquiera las guerras eternas a través de los siglos y los siglos han conseguido reducir la ventaja tenaz de la vida sobre la muerte. Una ventaja que aumenta y se acelera: cada año hay 74 millones más de nacimientos que de defunciones, una cantidad de vivos nuevos como para aumentar siete veces cada año la población de Nueva York. La mayoría de ellos nacen en los países con menos recursos, y entre éstos, por supuesto, los de América Latina. En cambio, los países más prósperos han logrado acumular suficiente poder de destrucción como para aniquilar cien veces no sólo a todos los seres humanos que han existido hasta hoy, sino la totalidad de los seres vivos que han pasado por este planeta de infortunios.

Un día como el de hoy, mi maestro William Faulkner dijo en este lugar: "Me niego a admitir el fin del hombre". No me sentiría digno de ocupar este sitio que fue suyo si no tuviera la conciencia plena de que por primera vez desde los orígenes de la humanidad, el desastre colosal que él se negaba a admitir hace 32 años es ahora nada más que una simple posibilidad científica. Ante esta realidad sobrecogedora que a través de todo el tiempo humano debió de parecer una utopía, los inventores de fábulas que todo lo creemos nos sentimos con el derecho de creer que todavía no es demasiado tarde para emprender la creación de la utopía contraria. Una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra.


[Discurso del escritor, el 8 de diciembre de 1982, al recibir el Premio Nobel de Literatura en Estocolmo, Suecia, que reproducimos en ocasión del trigésimo aniversario de esa histórica entrega.]

Fuente: La Jornada, México, 04/03/12

9 feb. 2012

Chau Flaco

Antes, cuando alguien importante se moría -pongámosle Perón o Ringo Bonavena-  uno tenía que esperar una semana para ir al kiosco y comprar los famosos suplementos especiales de los diarios y revistas que ilustraban "toda su vida en fotos". Y ahí estaba retratado para la posteridad el personaje desde chiquito, dilapidando alegremente la simpática adolescencia y en todas las obvias presunciones de la madurez, con alguna que otra curiosidad sin ninguna importancia. De la cuna a la tumba en impecable rotograbado por dos pesos.

Ahora todo es instantáneo y no hay que ir hasta el kiosco, basta googlear un nombre conocido y nos inundará un torrente de pixeles sin ninguna misericordiosa tregua para nuestro asombro. O para nuestro dolor.

Uno mira fotos digitales, muchas fotos, y de algo se da cuenta. Que envejecer es el estupor que nos provoca notar como han envejecido los demás. Los que tenían 20 años cuando nosotros teníamos 20 años. Los que eran jovenes cuando eramos tan jovenes. Los que eran inocentes cuando eramos tan inocentes. Envejecer es caer en cuenta que nos empiezan a ser más familiares los velorios que los cumpleaños o los casamientos. Y que inexorablemente un día -la puta madre que lo recontra mil parió- también nos tocará a nosotros.

Uno, como aquel cartel jodón del camioncito destartalado de mi pueblo, también fue último modelo. Uno también fue un imberbe, y se lo hicieron notar. Uno vió crecer y madurar al Flaco Spinetta, a Charly García, a Litto Nebbia. Los vió engordar, encanecer y perder pelo. Uno ha seguido su vida en los escenarios, el papel y las pantallas. Pero sobre todo en los discos, antes en los hermosos vinilo, después en los prácticos CD y ahora en el inevitable pero gratis mp3.

Uno ha vivido, ha engordado, ha encanecido con ellos. Lo único que no envejeció fue la música.

¿Qué música queda en la memoria cuando todo ha pasado, cuando todo ha terminado, cuando todo se ha muerto? No lo sé. Como pasa con las novias, no sé si en la sutil balanza del alma tiene más peso la primera, la última, o la que estaba más buena. Todas guardan un poquito de encanto.

Almendra es algo así como la patria de una infancia tardía y perdida, todos tuvimos alguna muchacha ojos de papel que nos hizo gozar o sufrir, y que al final no nos dió pelota. Quizás por eso. Artaud dicen que es lo más elevado, no lo sé, no soy tan buen entendedor y para explicarlo necesitaría más que pocas palabras. Lo único que podría decir es que allí hay poesía, aunque no la entienda del todo, hablo exclusivamente por mí. Lo que vino después, con las bandas o como solista, está impregnado de lo que fue la marca en el orillo del Flaco: creatividad, sensibilidad y belleza. Sobre todo esto último. El Flaco, como pocos, le agregó belleza a este mundo. Lo más grande, lo más valioso, lo más maravilloso que puede hacer un artista.

Chau Flaco, te moriste y se murió también un cachito de mí. La puta madre que lo recontra mil parió.

3 feb. 2012

¿Para qué sirve la utopía?

Por Hugo Basso*

“Ella está en el horizonte. Me acerco dos pasos, ella se aleja dos pasos. Camino diez pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. Por mucho que yo camine, nunca la alcanzaré. ¿Para qué sirve la utopía? Para eso sirve, para caminar"
Fernando Birri

-Es así –me dice-, la utopía es como la mujer que uno ama. Por ahí no vas a tenerla nunca, pero tratar de alcanzarla te mantiene con vida.

-O te lleva a al muerte –le digo-.

-Es lo mismo –me responde como si yo hubiera dicho la boludez más grande-. Es lo mismo porque la muerte, si vale la pena, es una etapa de la vida. Como te explico… algo así como una muerte que se vive.

Caminamos por Arroyito, cerca de la cancha de Central. Y le sigo la corriente porque sé que a él le gustan estas charlas, que tenemos muy de vez en cuando. No sé por qué exactamente, pero presumo que él habla de estas cosas solamente conmigo. Esto de dejar un poco las evaluaciones políticas, que si los milicos dan elecciones o hay que prepararse para la insurrección. Si tenemos que legalizarnos y volver a las cárceles si es necesario. O tenemos que seguir escondiéndonos y dejar que nos maten como perros, como al pobre Yaguer hace unos días.

-Algo así como una muerte que se vive.., dejate de joder Carlón, ninguna muerte se vive, si creo entender a qué te referís con eso de vivir. Te cagás encima, -le digo y le recuerdo lo que nos había pasado unos días atrás, cuando casi nos cazan en un bar de Avellaneda. Y le cuento lo que siente uno cuando está atado a la parrilla y le ponen los doscientos veinte en los testículos y el corazón empieza a escaparse del pecho-, la muerte es siempre la muerte.

Me mira sin contestar y nos sentamos en el pasto a fumar un pucho. Miramos el río y los veleros como mechones blancos, sobre la cabeza marrón del Paraná.

-La verdad, siempre tuve la duda –me dice-. No sé, a lo mejor nos morimos al pedo. A lo mejor vivimos para la mierda y es al pedo. Siempre pienso mucho en eso, pero viste, si no creés en algunas cosas no podés seguir par adelante. Como lo fedayines palestinos, ellos mueren por la revolución pero también por Alá, no le temen a la muerte. Para ellos la muerte es como un pasaje y si mueren en combate, el pasaje es al paraíso. A veces pienso que si nosotros fuéramos así, ya habríamos ganado. Y a veces pienso que ese desprecio por la muerte, esa idea de que es parte de la vida y que vale la pena el sacrificio, nos alejó de la gente.

Me doy cuenta que no me habla a mí. Se dice esas cosas a sí mismo. Y cuando tira el humo del cigarro de esa manera, atravesándolo con la mirada perdida en el río y los veleros, es porque se acuerda de aquella rubia tan bonita que era su compañera, hasta que la mataron.

Lo conozco desde hace años. De la zona sur, de Merlo, de la cita en Madrid, de mi casa en México, del departamento en San Pablo donde lo disfrazábamos de cura al Pelado, para que entrara por Puerto Iguazú. En aquel entonces él, Carlón, andaban siempre con su cuadernito de tapas rojas a cuestas. “Vos que vas a poder, contá estas historias”, me decía. Y yo le respondía que se dejara de joder, que las escribiera él. Me decía que no, que él no iba a estar para escribirlas.

-Tano, a veces pienso que tenés razón, -me dice mientras los ojos se le pierden tras el humo del cigarro-. -Mirá Carlón, perdoname. No me olvido que sos un Comandante; y sabés como te respeto y que te quiero como a un hermano. Pero me parece que estamos meando fuera del tarro. Mirá como vivimos, lejos de la familia, aislados, escondiéndonos como ratas. Vos quisiste tener hijos y no pudiste, perdiste tu compañera. Nos estamos haciendo mierda. No sé, ponéle que pasa algo, un milagro y ganamos. ¿Cómo vamos a llegar a eso, para qué vamos a servir, qué vamos a ser? Vivimos aterrorizados y lo escondemos detrás de toda esa mistificación de la muerte. Yo, la verdad, no quisiera morirme. ¿Patria o muerte?, me quedo con la patria.

-Tano, yo tampoco quisiera morirme –me interrumpe-. Mirá que lindos barquitos, mirá aquel, hay una mina tomando sol arriba. Yo tampoco quisiera morirme. Pero tampoco quiero que los que murieron, se hayan muerto al pedo. Un día, estoy seguro, pelear no va a ser tan jodido. En este país va a pasar algo, vas a ver. Y pelear no va a ser tan jodido. Sería bárbaro, te imaginás, perseguir la utopía de la que hablábamos hace un rato; pero sin tener que morir en el intento. Vas a ver, un día van a ser ellos los que tendrán que esconderse. Vos lo vas a ver.

Fue una de las últimas veces que lo vi. Al Comandante Eduardo Carlón Pereira Rossi lo asesinaron de un escopetazo en la cara, con las manos atadas en la espalda, en el otoño de mil novecientos ochenta y tres. Tenía razón, por algo era quien era. Los que lo mataron, hoy tienen que esconderse. Y hay quienes pueden pelear sin dejar de vivir por eso. Alguien me hizo acordar de él en estos días. Y recordé también el pedido de escribir algunas historias. Es una de las muchas formas de perseguir a esa mujer que está en el horizonte; y se aleja cada vez que queremos alcanzarla. Quizás, quien sabe, en ese intento esté el verdadero goce de la vida. De la vida, dije, Comandante.


*Compañero de militancia de Eduardo Pereyra Rossi y Osvaldo Cambiaso.

11/05/08

6 ene. 2012

"Te amo patria y me amás..."

Juan Gelman

III

Yo no me voy a avergonzar de mis tristezas, mis nostalgias. Extraño. La callecita donde mataron a mi perro, y yo lloré junto a su muerte, y estoy pegado al empedrado con sangre donde mi perro se murió, existo todavía a partir de eso, existo de eso, soy eso, a nadie pediré permiso para tener nostalgia de eso.

¿Acaso soy otra cosa? Vinieron dictaduras militares, gobiernos civiles y nuevas dictaduras militares, me quitaron los libros, el pan, el hijo, desesperaron a mi madre, me echaron del país, asesinaron a mis hermanitos, a mis compañeros los torturaron, deshicieron, los rompieron. Ninguno me sacó de la calle donde estoy llorando al lado de mi perro.¿Qué dictadura militar podría hacerlo? ¿Y qué militar hijo de puta me sacará del gran amor de esos crepúsculos de mayo, donde la ave ser se balancea ante la noche?

No era perfecto mi país antes del golpe militar. Pero era mi estar, las veces que temblé contra lus muros del amor, las veces que fui niño, perro, hombre, las veces que quise, me quisieron. Ningún general le va a sacar nada de eso al país, a la tierrita que regué con amor, poco o mucho, tierra que extraño y que me extraña, tierra que nada militar podrá enturbiarme o enturbiar.

Es justo que la extrañe. Porque siempre nos quisimos así: ella pidiendo más de mí, yo de ella, dolidos ambos del dolor que el uno al otro hacía, y fuertes del amor que nos tenemos.

Te amo, patria, y me amás. En ese amor quemamos imperfecciones, vidas.

Roma 9-5-80

(Juan Gelman, Bajo la lluvia ajena. Notas al pie de una derrota (Roma, mayo de 1980), recopilado por Jorge Fondebrider en Antología Poética, Editorial Espasa Calpe, 1994.)