16 mar. 2012

El tren que no se olvida

Por Carlos Humberto Alvez

A las seis de la mañana debía abordar el ómnibus que me dejaría en el Yaguareté Corá de mis desvelos. Frente a la Terminal de Ómnibus el reloj del bar daba las cinco en punto. Estaba amaneciendo. A lo lejos, el corso de la Avenida 3 de Abril murmuraba su asombro de plumas y lentejuelas. Crucé la calle, atravesé el corredor de la terminal hacia donde la estación del ferrocarril Urquiza y me senté al borde del andén -en el mismo lugar de otras veces- a contemplar con nostalgia las vías herrumbradas de la playa ferroviaria y el opaco moribundo del acero ahogarse irremediablemente entre los pastos.

(Una estación desierta es un campanario sin palomas, un amor no correspondido, un amigo que no está).

Busqué un sobre entre mis carpetas y extendí sobre el regazo una media docena de fotos, entre ellas la estación de Monte Caseros, la de Curuzú Cuatiá y la de Nuestra Señora de las Mercedes del Paiubre, galpón de máquinas incluido, donde una tarde, hace unos días, buscando recuerdos encontré fantasmas engrasando ejes y aceitando bielas y paralelas de una locomotora negra como el petróleo.

(Una estación deshabitada es un volcán de silencios en plena actividad. Un huerto infinito donde en almácigos germina, crece y se reproduce la soledad).

Así están las cosas. Los correntinos tenemos diagramado en el corazón un tren de pasajeros con vía libre a la nostalgia. Exactamente el mismo tren que por Corrientes hace un dolor de tiempo que no pasa.

(Una estación a la cual ya no llegan trenes es como un cuento sin final. Un fantasma en traje de gala celebrando la intemperie).

Así son las cosas. Así están. Así somos para todo aquello que amamos y por el sólo hecho de amar necesitamos.

(¿Cuántos trenes tendrá la memoria, cuántos vagones los recuerdos?).

Alcé la vista, miré lejos y respiré hondo, muy hondo, como queriendo atrapar el último halo de lo que fue una melancólica madrugada y me despedí del solitario andén. Un lejano e imaginario silbato y un monótono traqueteo me recordaron la fragancia a leño en brasa del humo de las calderas y el dulce aroma a petróleo derramado sobre el orden inalterable de los durmientes de quebracho.

(Una estación desierta es un acto de abismo).