11 jul. 2012

Infierno & paraíso

Imagino el paraíso lleno de gente buena y saludable que solo beben agua mineral sin gas, que no dicen palabrotas ni cuentan chistes verdes, ni menos se emborrachan el sábado a la noche. Obviamente tampoco se calientan ni masturban, y menos que menos hacen el amor alegre y furiosamente mientras fuman unos porros y le dan a la birra.

Imagino el paraíso como un lugar asquerosamente limpio y prolijito, señalizado con carteles cursis llenos de obviedades y lugares comunes en horrorosos colores fluorescentes: "Sé tú mismo", "Encuentra la paz interior" o "Anímate a ser feliz".

Imagino el paraíso como una inmensa nube rósea, donde revolotean cándidos angelotes regordetes con cara de nabo, haciendo mohínes y provechitos, mientras en el horizonte se divisa el inmenso y preclaro Ojo de Dios, que todo lo abarca, que todo lo sabe, que todo lo tiene fichado, como un eficaz y aceitado servicio de inteligencia.

Imagino el paraíso con música de Abba o de ignotos y aburridos coros parroquiales, sin tango, sin rock ni menos que menos boleros pegadizos a media luz.

Imagino el paraíso donde están prohibidas las comisiones internas, el erotismo, las discusiones políticas, el pensamiento crítico, los besos de lengua, el vino patero y el asado con cuero.

Imagino el paraíso donde lo más excitante y entretenido son los sermones de Bergoglio y las bendiciones Urbi et Orbi de Joseph Ratzinger, alias Benedicto XVI.

Definitivamente me quedo con el infierno.