27 sept. 2012

El origen del mundo

Hacia pocos años que había terminado la guerra de España y la cruz y la espada reinaban sobre las ruinas de la República. Uno de los vencidos, un obrero anarquista, recién salido de la cárcel, buscaba trabajo. En vano removía cielo y tierra. No había trabajo para un rojo. Todos le ponían mala cara, se encogían de hombros o le daban la espalda. Con nadie se entendía, nadie lo escuchaba. El vino era el único amigo que le quedaba. Por las noches, antes los platos vacíos, soportaba sin decir nada los reproches de su esposa beata, mujer de misa diaria, mientras el hijo, un niño pequeño, le recitaba el catecismo.

Mucho tiempo después, Josep Verdura, el hijo de aquel obrero maldito, me lo contó. Me lo contó en Barcelona, cuando yo llegué al exilio. Me lo contó: él era un niño desesperado que quería salvar a su padre de la condenación eterna y el muy ateo, el muy tozudo, no entendía razones.

-Pero papá- le dijo Josep llorando-. Si dios no existe, ¿quién hizo el mundo? -Tonto- dijo el obrero, cabizbajo, casi en secreto-. Tonto. Al mundo lo hicimos nosotros, los albañiles.

[Eduardo Galeano - El libro de los abrazos]

2 sept. 2012

El milagro de la vida

Hoy cumplo 61 años. De chico quería ser astronauta como Yuri Gagarín surcando el helado silencio del espacio en la nave Vostok. También quería escalar el Kilimanjaro en las profundidades de Tanzania, o en su defecto ganarme la vida como domador de leones en un circo. Y aquí me ven, escribiendo boludeces en el Facebook. Por qué no pensar que en vez de entrar al otoño de la vida uno hace el ingreso triunfal en la primavera de la muerte, como diría Quino en clave de humor negro. Cuando el año pasado cumplí mis primeros 60 (estoy siendo irónico) escribí algo que, como mucho no ha cambiado la cosa, lo comparto de nuevo. Gracias por los saludos y los buenos augurios.

1º de septiembre de 2012

El milagro de la vida

Tengo un amigo puto, una hermana evangelista, un hijo experto en seguridad informática y un gato callejero, áspero y pulguiento. Tengo dos matrimonios fallidos, cinco o seis parejas fracasadas y una novia adorable. Tengo una fe inquebrantable en la evolución humana, creo que algún día llegará definitivamente el socialismo, pero el socialismo posta, nada de reformitas truchas al decrépito capitalismo. Alguna vez el hombre dejará de ser un lobo para el hombre. Tengo un mate uruguayo de madera tallada que es mi tesoro, el recuerdo de un padre obrero, maestro de pala, que jamás leyó un libro pero que se sentaba al alba bajo una parra para ver amanecer, un ratito antes de irse a la panadería. Tengo las orejas llenas de estrepitosos redoblantes y los ojos vaciados de lágrimas por los compañeros -los que comparten el pan-, los compañeros que no dieron ni regalaron la vida, se la arrebataron.

Tengo un limonero acorralado en una maceta grande que cuido como si fuera el árbol de la vida, y cada primavera, inexorablemente, me regala puñaditos de azahares. Tengo un frasco lleno de forros de todo tipo, textura, color y sabor, pero cuando llega ella y el aire se inunda de estrellitas de colores nos pasamos las horas tomando mate o comiendo pizza recalentada, hablando de política y guerras lejanas y gozamos saboreando las palabras que nos gustan como lapislázuli, ámbar cristalino o azul de metileno. Los narradores se sirven de las palabras, los poetas sirven a las palabras.

Lloro como un maricón cuando algo me emociona, desde la voz de Evita digitalizada a la muerte de un niño en Palestina o Berazategui. Tengo el alma curtida de tantos desamores y las manos inquietas por el pucho que, mierda, jamás pude dejar. Todavía me duelen como puñales los pío-pío de los pichones de gorriones caídos del nido que matábamos a palazos a los siete años. Todavía siento humillación y vergüenza por haberme copiado en aquel exámen de literatura y me descubrió el profe, el que más respetaba, el que más admiraba, el que más quería. Enseñaba con Cortázar en mano a escapar de gerundios y lugares comunes como de la desgracia. Siento dolor de alma de haberlo traicionado, querido, queridísimo profesor, trate de perdonarme, aunque hayan pasado cuarenta y cinco años y usted esté ya muerto.

Todavía sufro por las lágrimas de aquella chica que dejé a los veinte años. La dejé por otra que al final me dejó. Todo se paga, es el karma, me miento, para justificarme y aliviar la pena. Fui un desalmado con la pobrecita. Todavía recuerdo aquel pulóver peruano que tanto quería y perdí en Ezeiza entre balas peronistas de derecha. Si no hubiera ido me hubiese ahorrado la pérdida. Tal vez, quién sabe, valía más la pena ese pulóver. No lo sé.

Tengo una lista kilométrica de todas las cosas que no hice y otra más larga todavía de las que hice mal. Me río hasta el hartazgo de los satisfechos consigo mismos que juran y rejuran que de volver a nacer harían exactamente lo mismo. Creo que lo dicen para no enfrentarse con la angustia de haber vivido para el orto. Quizás no soportan la idea que la vida pudo haber sido muy distinta con solo un poco más de amor y menos egoísmo.

A veces pienso en la muerte, no me banco la idea de toda una eternidad sin su piel de magnolia, sin sus ojos verdecitos, sin acariciarle el culo, no siempre con deseo sino a veces con ternura, sin olor a café recién molido, sin la gloria de abrir un libro nuevo, sin Mozart, sin Piazzolla, sin Pink Floyd, sin Internet, sin mollejas a punto, sin los cuentos de Borges, sin pizza de Guerrín, sin ensalada de pepinos con hojitas de albahaca, sin el rezongo de un bandoneón, sin Buenos Aires, sin un Malbec con los amigos, sin dulce de higos y zapallo en almíbar como hacía mamá, sin olor a pan caliente, sin una copita de caña de naranja un domingo tristón y lluvioso de junio sin fútbol a las seis de la tarde, sin un gato que duerma ovillado a mis pies mientras escribo o navego en Internet y conoce mejor que mi analista mis penas y alegrías.

Lo que no puedo evitar es la culpa. Años de terapia no han logrado un alivio a la neurosis. Hasta de haber ganado la carrera con los otros espermatozoides me siento culpable, y no es joda, cuando estoy muy, pero muy depre, pienso que algún rezagado hubiera hecho las cosas mejor que yo.

Pero a pesar de todo dejar de vivir, ¡ay!, toda una eternidad sin mujeres, sin amigos, sin gatos, sin libros, sin tango, sin vino, será francamente intolerable. Lástima no creer en la berretada de dios, que como decía Don Ata, almuerza en la casa del patrón. Lástima no creer ni un tantito así en otra vida ni en ese burdo atentado a la razón llamado reencarnación. Una verdadera lástima. Será que nací bajo la luz de Virgo y no negocio ni a palos con el pensamiento mágico.

Ví el cadáver de Julio Troxler en una callecita de Barracas, asesinado por la Triple A, tenía un traje impecable y zapatos nuevos. Era un día perfecto, repleto de sol y el aire olía a chocolate de la fábrica El Aguila, ahí nomás. Nunca la muerte me pareció más injusta ni tan impertinente. Ví morir a un albañil sin almorzar, caído de un andamio, como en aquel poema de César Vallejo. Una vez una bala se incrustó en el arbol que nos protegía, junto a mi hermano en Chivilcoy, a la altura de la cabeza, era un paraíso joven. Ese día supe que el miedo huele a una mezcla de sudor con mal aliento y que tener huevos no es no tener miedo, sino seguir a pesar del miedo. Después de muchos años volví a ver el árbol: se había tragado el proyectil y tenía una corteza rozagante, como diciendo acá no pasó nada viejo. Solo yo sabía que enterrado en el corazón de la madera dormía el plomo que pudo arrebatarme el don prodigioso de la vida. No sé por qué lo único que se me ocurrió decirme, justo yo que soy ateo, fue "milagro".

Ví morir a mi vieja a los ochenta y cuatro años con demencia senil, no pudo superar la muerte de papá, unos años antes. Ignoraba que lo amaba tanto que fue capaz de enloquecer de amor.

Si pudiera volver hacia atrás lo único, pero lo único-único, que no cambiaría sería este desmedido, apasionado, extravagante, inextinguible deseo de vivir. Después de todo la vida es un milagro.

1º de septiembre 2011

[Texto publicado en Facebook]