21 dic. 2012

Lealtad

Los días previos a la caída de Isabel me crucé con un par de viejas jubiladas que algún genial funcionario había instalado en unas ridículas "Mesas de la lealtad" en algunas esquinas porteñas. Su tarea era repartir volantes y hablar con la gente. De más está decir que el decadente gobierno de Isabel carecía de militantes. Las viejas tomaban mate mientras sonaba algún tango bajito en una gastada Spika sobre una mesita atiborrada de papeles, un termo manoseado y una bolsita con bizcochitos de grasa. La historia recorría impiadosa las arrugas de sus caras y sus manos, más acostumbradas al puloil y el detergente que a doblar papeles. Seguramente habían vivido los años felices del General y Evita. Seguramente. Pero los transeúntes rechazaban sus papeles, los más exaltados les gritaban y las humillaban como si ellas tuvieran la culpa de todos los males del país, del mundo y de la galaxia.

Yo también rechacé con desdén los papeles que humildemente me ofrecieron en mano.

Ellas nada tenían que ver con el gobierno, por su ropa y sus zapatos raídos había que ser muy miserable para acusarlas de beneficiarse de la corrupción que se le endilgaba al gobierno. Nada tenían para ganar, nada para perder. Solo eran viejas peronistas de alma que defendían orgullosamente un gobierno que consideraban suyo. Mientras el mundo alrededor se caía en pedazos y el aire olía a marcha militar, ellas trataban de explicar, como podían, los logros del gobierno justicialista, con retórica de barrio, con simple oratoria, con una ingenuidad que enternecía. No eran, claro está, fogueadas intelectuales ni cuadros curtidos. Pero tenían una inmensa, poderosa, admirable convicción de fierro: defender a rajatabla su gobierno. Aunque fueran las últimas, aunque atrás no quedara nadie, ellas serían leales.

Los milicos habían amenazado meses antes. El gobierno se desmoronaba. El 23 de marzo, el secretario general de la CGT, Casildo Herrera, huía cobardemente al Uruguay y declaraba muy suelto de cuerpo "Me borré". Funcionarios y legisladores salían de sus despachos cargando cajas con sus pertenencias. El golpe se olía y ya casi era un hecho.

Las viejas seguían ahí, poniendo el cuerpo por un gobierno que se derrumbaba. Estoy seguro que, si por ellas fuera. podrían seguir repartiendo papeles y tratando de convencer a alguien aún después que el helicóptero militar se hundiera en la noche con la presidenta constitucional a bordo.

Durante años desprecié en la memoria a aquellas viejas. Después, ya con cierta experiencia de vida, el sentimiento transmutó pudorosamente en compasión. Hoy, recordando esas nobles viejas peronistas, siento por ellas una profunda pena, y por mi soberbia juvenil una intolerable vergüenza. Me gustaría encontrarlas, abrazarlas y decirles que entonces solo entendía intelectualmente, que es como entender a medias, el significado de la lealtad. Lealtad no solo a un gobierno sino también a una causa, a una historia, a una identidad que nos define como animales políticos y sujetos sociales. Lealtad que es más propiedad del corazón que de la mente. Lealtad que jamás entenderán los saltimbanquis, los aprovechadores ni los oportunistas.

Perdón, viejitas queridas, y gracias por haberme enseñado lo que implica la lealtad.