15 oct. 2013

Palabras

Hasta ayer no tenía palabras para describir con cierta precisión una escena como esta. Mejor dicho las tenía, pero no las sabía combinar. Lo primero que se le ocurre decir a uno es "el gato se estira", palabras chatas, simples, elementales. Hasta que viene un escritor y dice como al pasar "la escandalosa languidez con que se desperezan los gatos". ¡La puta que lo parió, qué acertada belleza! Esas palabras estuvieron siempre ahí, pero ¡ay!, uno carece de la habilidad para apresarlas y enhebrarlas con el oficio del orfebre que pule el lenguaje como si fuera una pieza de plata. Es por eso que uno no es un escritor como Juan Forn, a quien admiro.

8 oct. 2013

Si pudiera

Si pudiera cambiar mi larga, oscura, mediocre, estúpida y lamentable vida por unos pocos segundos de una vida ajena, la cambiaría sin dudar un instante por los cinco segundos luminosos en que el Che le dice a su asesino: "¡Póngase sereno y apunte bien que va a matar a un hombre!"

Martes 8 de octubre de 2013

29 abr. 2013

Maldición

No me canso de mirar esta foto del cacerolazo del 18 de abril. Se trata de una mujer joven, una chica con pinta de colegiala que sostiene un cartel hecho a mano que dice "Lavame esta".

No sé si es la foto más descarada, más cínica, más soez, pero es impactante.

Se refiere al lavado de dinero, claro, al que alude un periodista que destaca por ser fumador compulsivo, y "esta" se refiere al burdo gesto callejero que popularizara entre otros el inolvidable Negro Olmedo, que para denostar una afirmación ajena llevaba las manos a sus partes pudentas y exclamaba con sacasmo y frenesí "¡Esta!" o "¡De acá!".

Para no dar tantas vueltas, lo que la minita quiso decir con su cartel, lisa y llanamente, es "Cristina lavame la concha".

Qué dulce.

Entonces vuelo a mirarla, joven, agraciada, tal vez ya sea mamá de un niño pequeño, o tal vez lo sea pronto.

Me pregunto en qué hogar se habrá criado esta chica, dónde habrá aprendido qué significa pudor, quién le habrá enseñado a ser mujer, a arreglarse, a pintarse, a elegir la ropa, a caminar.

Me pregunto como cuidará a sus hijos, si los tiene, cómo les sonreirá, qué les dirá cuando juega con ellos.

Me pregunto con quién dormirá, cómo hará el amor, qué le dirán al oído, me pregunto si sabrá responder a una leve caricia como un aleteo de mariposa.

No sé, me pregunto tantas cosas sobre vos.

Me pregunto quién será capaz de desearte, de quererte, de decirte palabras dulces, de acariciar tu pelo con ternura.

Te maldigo, mujer, porque Cristina, aparte de ser la presidenta que odiás, es mujer como vos. Pero no te preocupes, mi maldición no afecta tu alma ni tu espíritu, ni tampoco deseo que vayas a un infierno, del cual tampoco creo.

Mi maldición se refiere a una cosa banal, a esta foto.

¿Sabés? Dicen que Facebook será casi eterno, que aunque un día uno se enoje, agarre y borre todo, patalée y quiera liquidar su cuenta, o que aunque uno reviente como un sapo de la noche a la mañana, los turros guardarán tus cosas para siempre. Vaya a saber dónde irán a parar las imágenes que uno con tanto esmero subió una por una.

Y esa es mi maldición. Que algún día los hijos que tenés o algún día tendrás, navegando al pedo en el mar infinito de Internet, una tarde lluviosa y aburrida descubran por azar esta foto.

Y tengan que cerrar sus ojos de vergüenza.

8 ene. 2013

La sangre derramada


La escena es una esquina de Monserrat, a la nochecita de un enero ardiente. Las pilas de bolsas de basura y los containers relucientes que puso Macri, desbordantes y hediondos, se suceden como una carcajada del destino tercermundista para los porteños que deliran ser Europa. Un carro de cartonero como tantos, un muchacho de unos veintipico de años sin remera, un niño de unos nueve o diez, con ojotas y en cuero. Ambos destrozan las bolsas, separan cartones, papeles, plásticos, el calor es insoportable, el olor también. De pronto el chico lanza un alarido y retira la mano ensangrentada de una bolsa negra. La escena conmueve, el muchacho corre hacia el niño que no para de llorar, lo abraza y le dice "¡hijo mío!" La frase me pegó, porque es raro que alguien se dirija a su hijo con estas palabras, más acordes a la literatura de hace tiempo que a la vida real. Me acerco a ellos y pregunto idiotamente qué pasó: Nada, alguna lata, siempre pasa, me contesta sin ganas el papá, mientras trata de conformar al chico, cuya sangre chorrea como de una canilla. Esperate acá, le digo, y salgo corriendo a una farmacia que hay a dos cuadras, pero hay tanta gente que desisto hacer la cola y corro hasta mi casa, otras dos cuadras, tres pisos por escalera, subo y bajo con agua oxigenada, unas gasas, un frasquito de desinfectante. Cuando llego a la esquina ya no está el carro, ni el padre ni el chico. Solo un charquito de sangre en el asfalto caliente, sangre de niño que pronto tapará el polvo y luego limpiará la lluvia. Entonces no quedará más que mi vergüenza, hasta las lágrimas de este viejo choto no resistirán el paso de los días. Me sentí tan pelotudo, tan boy scout fracasado, con mi paquetito de gasas en la mano, mi botellita de agua oxigenada y mi merthiolate, mis propiedades, mis cositas privadas, lo único que podía ofrecer, y ni siquiera esa buena acción pude hacer. Lo hablé con un amigo, tratando inútilmente de disimular la angustia, me dijo irónicamente que pobres habrá siempre, que ya lo dice la Biblia y la rata de Anillaco, lo recordé, y también aquello de la tristeza de los niños ricos, y aquello de la mano invisible del mercado, que es mentira que puede llegar y conformar a todos, y tampoco la mano del Estado, dice mi amigo, por más que haga bien las cosas, es infalible, es imposible abarcarlo todo, siempre habrá recovecos, seres a los que nunca alcanzará ninguna ayuda ni ningún plan social. Tenés razón, le digo, entre trago y trago de un buen vinito fresco, la culpa es del capitalismo, en Cuba no hay chicos de la calle, le tiro como quien no quiere la cosa, pero está lleno de putas, me contesta más rápido que bombero, es que mi amigo si no la gana la empata, es medio gorila pero buen tipo. Tenés razón le digo, y al final coincidimos en que la verdadera culpa la tiene la naturaleza humana. Sí señor, como especie somos un desastre, egoístas, malvados, indolentes, nos conformamos mientras bajamos la segunda botella con una picadita completa y unas aceitunas negras de no creer. Después vuelvo a casa, y tengo que pasar inevitablemente por la esquina de los cartoneros. Miro al cielo, está por llover, ojalá llueva pronto me digo, ojalá llueva antes de llegar a la esquina, ojalá que diluvie, ojala que se inunde todo, así por lo menos se lava esta ciudad asquerosa y mugrienta y se lleva toda esta basura de mierda y este olor a podrido que pica en las narices y esta sangre inocente que me duele en el alma.

Horacio Sacco, 8 de enero, con 34 grados.

2 ene. 2013

Instantes

"Si pudiera vivir nuevamente mi vida comería más helados", dice entre otras encantadoras y elementales puerilidades el poema Instantes que le adjudicaron a Borges, ampliamente difundido en Internet.

Generalmente la gente que admira y reproduce ese olvidable poema no leyó la obra de Borges, de haberlo hecho se hubieran percatado al instante -valga la ironía- que Borges jamás pudo haber pensado y escrito esa berretada literaria.


Poema Instantes: http://www.poemas-del-alma.com/instantes.htm


+info sobre Borges: http://www.elortiba.org/borges1.html

1 ene. 2013

Altar popular

Las mismas escenas de un lejano y lluvioso julio de 1952, que solo ví en fotos grises, se repiten en la historia de los pueblos como una ceremonia inexorable que de golpe y porrazo dibuja la desgracia.
La misma procesión de lágrimas, de tristeza infinita, se reitera hasta el agobio. Ellos marchan juntos en dolorosa comunión solidaria y muestran sin vergüenza ni pudor la desnudez de su alma desgarrada.
Mágicamente replican, con dolorosa urgencia, el mismo altarcito, tan simple, tan brutalmente sincero y honesto. Solo una foto ajada, una vela prendida y nada más. Salvo una columna invisible y doliente que parece llegar hasta el cielo y preguntar a dios ¿por qué?, ¿por qué nos hacés esto?
Lo ví -lo viví- con Néstor, las lágrimas están tibias todavía. Lo vuelvo a ver con la enfermedad de Chávez. Algunos lo llaman populismo. Yo lo llamo amor y gratitud. Porque son siempre los más pobres, los grasitas de Eva, siempre los mismos los que más agradecen, siempre los mismos los que más sufren, siempre los mismos los que nunca traicionan.
No sé que pasará con Chávez, pero ya hay algo seguro: los que merecen estar en un altar del pueblo viven para siempre.

Horacio Sacco, al filo de la medianoche, 31 de diciembre de 2012.