29 abr. 2013

Maldición

No me canso de mirar esta foto del cacerolazo del 18 de abril. Se trata de una mujer joven, una chica con pinta de colegiala que sostiene un cartel hecho a mano que dice "Lavame esta".

No sé si es la foto más descarada, más cínica, más soez, pero es impactante.

Se refiere al lavado de dinero, claro, al que alude un periodista que destaca por ser fumador compulsivo, y "esta" se refiere al burdo gesto callejero que popularizara entre otros el inolvidable Negro Olmedo, que para denostar una afirmación ajena llevaba las manos a sus partes pudentas y exclamaba con sacasmo y frenesí "¡Esta!" o "¡De acá!".

Para no dar tantas vueltas, lo que la minita quiso decir con su cartel, lisa y llanamente, es "Cristina lavame la concha".

Qué dulce.

Entonces vuelo a mirarla, joven, agraciada, tal vez ya sea mamá de un niño pequeño, o tal vez lo sea pronto.

Me pregunto en qué hogar se habrá criado esta chica, dónde habrá aprendido qué significa pudor, quién le habrá enseñado a ser mujer, a arreglarse, a pintarse, a elegir la ropa, a caminar.

Me pregunto como cuidará a sus hijos, si los tiene, cómo les sonreirá, qué les dirá cuando juega con ellos.

Me pregunto con quién dormirá, cómo hará el amor, qué le dirán al oído, me pregunto si sabrá responder a una leve caricia como un aleteo de mariposa.

No sé, me pregunto tantas cosas sobre vos.

Me pregunto quién será capaz de desearte, de quererte, de decirte palabras dulces, de acariciar tu pelo con ternura.

Te maldigo, mujer, porque Cristina, aparte de ser la presidenta que odiás, es mujer como vos. Pero no te preocupes, mi maldición no afecta tu alma ni tu espíritu, ni tampoco deseo que vayas a un infierno, del cual tampoco creo.

Mi maldición se refiere a una cosa banal, a esta foto.

¿Sabés? Dicen que Facebook será casi eterno, que aunque un día uno se enoje, agarre y borre todo, patalée y quiera liquidar su cuenta, o que aunque uno reviente como un sapo de la noche a la mañana, los turros guardarán tus cosas para siempre. Vaya a saber dónde irán a parar las imágenes que uno con tanto esmero subió una por una.

Y esa es mi maldición. Que algún día los hijos que tenés o algún día tendrás, navegando al pedo en el mar infinito de Internet, una tarde lluviosa y aburrida descubran por azar esta foto.

Y tengan que cerrar sus ojos de vergüenza.