20 sept. 2014

El caballito

Por Iván Diez

“Un cabayo, compá”, -dijo la hijita-.
El drepa, campaneándola angustioso,
por más que pretendía hacerse el oso,
lloraba al encontrarse ya sin guita.

La yeta lo tenía medio loco.
Estaban por piantarlo del convento.
¿Comprarle un cabayito? ¿Con que vento?
Si apenas le quedaba pa'l marroco.

“Yo quelo un cabayito” -continuaba-.
Entonces, besuqueando a la que hablaba,
rajó de su bulín pegando un grito.

Y el pobre, no canchero y poco rana,
a los veinte minutos iba en cana
por haberse afanado un caballito.

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convento= conventillo
vento= dinero
marroco= pan
rana= experimentado, habilidoso

4 sept. 2014

Lágrima


Si conoceré yo esa lágrima.
Redonda. Vertical. Perfecta.
Con urgencia de abismo como mariposa de ala quemada.
Silenciosa. Viviente.
Si la conoceré.
¿Cuántas desgracias puede soportar una persona?
Muchas. Infinitas. Treinta mil.
Si la conoceré, oscura como ojera de carbón, perenne como brasa de lapacho, agria como un remordimiento inapelable.
Si la conoceré.
Palpitante, acechante, emboscada, traicionera, escondedora, impune, guardadadora, ingrata.
¡Qué lágrima señor!
La que vuelco no por vos, que moriste de muerte naturalmente joven y admirable,
sino por la vergüenza de estar vivo.

2 jun. 2014

setentistas

Algunos se quedaron en el setenta y tres, y por alguna razón que prefiero no entender, jamás saldrán de ahí. Han hecho un nicho confortable con plumas de antiguas primaveras. Picotean cuando pueden una antigua verdad, una nueva traición, todo con infinita tristeza. No me jodan, yo habito en el futuro.

7 may. 2014

Evita (1919-1952)

Quizás todo pueda resumirse en eso: desear hasta el dolor la felicidad que no se conoció, agotar la esperanza de lo que nunca fue, saber que hubo una vez, y nunca más. Quizás sea eso, quizás. 

17 abr. 2014

Gabriel García Márquez, "Gabo" (Aracataca, Colombia, 6 de marzo de 1927 - Ciudad de México, 17 de abril de 2014)

Se murió Gabo. Nada para decir. No es que las palabras no alcancen. Las palabras sobran.

1 mar. 2014

Hay un chiste que me pone triste

Se trata de un chiste tan antiguo como mi vida. Lo escuché a los nueve años y lo sigo escuchando y leyendo -con variantes- en Internet. Es un chiste pavote, por no decir boludo, que le cuadra mejor. Lo cuentan y se ríen los niños y los adolescentes, o algún adulto inmaduro o idiota. La escena transcurre en el aula de una escuela cualquiera. Resulta que hay una maestra muy curiosa que pregunta a sus alumnos qué comieron en sus casas. Los alumnos indefectiblemente contestan milanesas, papas fritas, ensalada, carne al horno, pollo, bifes a caballo, arroz a la española. La lista varía según el conocimiento y la creatividad del contador de chistes. Al final siempre queda el mismo niño, pongámosle Juancito, quen invariablemente responde "mate cocido", lo que causa la burla, la mofa y la risa sarcástica y espantosamente cruel de toda la clase.

A Juancito siempre me lo imaginé chiquito, con pelo ensortijado, flacucho e inmensamente triste, como aquel pequeño lustrabotas salido de las manos brujas de Carlos Alonso. Muchas décadas y amarguras después se me hizo que Juancito también podía ser el niño proletario del genial Osvaldo Lamborghini.

Lo demás es conocido, Juancito le cuenta compungido a su mamá que los chicos se ríen cuando dice mate cocido. Pero tonto -le dice la mamá- la próxima vez decí que comiste milanesas. El final es a toda orquesta, grandioso, espectacular, si Freud hubiera conocido el chiste en vez de teorizar sobre el inconciente en una de esas se hacía revolucionario, vaya uno a saber.

Porque cuando la maestra, al mejor estilo Nelson Castro, serpientemente infiere "¿Así que comiste milanesas, cuántas, Juancito, cuántas?" "Dos tazas", contesta inocentemente Juancito, mientras dentro del chiste la clase se destornilla de risa, mientras fuera del chiste todos ríen a carcajada limpia. Ficción y realidad mofándose del pobre Juancito, del Juancito pobre. Todos menos yo, porque vaya uno a saber por qué, de mis ojos despuntan unas lágrimas pequeñas, tibiecitas, buchonas, que escondo y disimulo.

Porque hete aquí que en mi infancia conocí un pibe más o menos así.  Lo veía pasar arrastrando la pesadez de su sombra, tan flaco lo veían mis ojos. El pibe no era amigo ni vecino, solo lo ví pasar algunas veces por la vereda de enfrente. Sería el año 1959, el Juancito real y yo tendríamos ocho o nueve años. "Son peronistas", decían en el barrio, como decir son leprosos. Supe de él lo que decían otros. Que el padre era borracho, que la madre trabajaba de sirvienta y quizás de puta, que los hermanos mayores estaban todos presos, que no tenían ni para comer, que Juancito iba a la escuela con una taza de mate cocido en la panza.

Después nos mudamos y nunca más supe nada de aquel pibe. Dirán que uno es un estúpido sensiblero. Tal vez así sea, pero cada vez que tomo mate cocido me acuerdo de Juancito y el chiste. Y siento las mismas ganas de llorar, como cuando tenía nueve años.