24 oct. 2015

Gratitud

Entiendo el malestar de Horacio González, a quien respeto y admiro, un referente intelectual ineludible de mi generación. Lo entiendo y lo comprendo. El alma no se contenta con una buena gestión. Con ese propósito voté, por primera vez, al Tío el 11 de marzo de 1973. Fui oficialista durante 3 meses hasta que Cámpora fue desplazado del gobierno por el mismo oficialismo, para que asumiera el General. Sin embargo por esas difíciles razones que hacen del peronismo un movimiento, y otras veces un entramado político inexplicable para foráneos, gorilas, maoistas y trotskistas, también fui oficialista hasta que se murió el general. Luego vino la decandencia derechista de López Rega e Isabel y después la noche de la dictadura, todo prolijamente regado con un perfecto baño de sangre. En el 83 voté a Luder, en el 89 a Menem, en el 95 a Bordón, en el 99 a la Alianza. Cualquiera diría qué camino extraño, sin embargo, si se lo mira bien, con cierta coherencia intelectual y generacional. En el medio hubo elecciones legislativas y de contituyentes, en ninguna fui oficialista, solo voté. Hasta que me sorprendió el discurso de asunción de Néstor, a quien honestamente voté críticamente y sin conocerlo, solo para que no ganara la rata liberal. Pero el 25 de mayo de 2003 me enamoré del Flaco para siempre. El viento fresco del sur le dió sentido a la lucha de los organismos de derechos humanos que por años y años venían clamando casi en soledad. Señaló a los asesinos de los compañeros. Cómo no enamorarse. Estuve entre la multitud cuando Néstor y Cristina salieron del Congreso y se dirigieron a la Rosada. El Flaco sacó la mano del auto, me miró y me saludó. A mí, un perejil. Siento de corazón que me saludó a mí y mi compañera. Quizás todos los que estábamos ahí sentimos lo mismo. Néstor nos interpelaba y nos convocaba uno por uno. Hablaba por nosotros. Era nosotros. Aparte de la inentendible culpa de estar vivos los setentistas llevábamos el estigma de marginales y de estar políticamente equivocados. Con Néstor y Cristina los que venimos del peronismo de izquierda, los equivocados, los loquitos, la generación diezmada, dejamos de ser parias de la política. Los díscolos y los escarmentados volvimos a tener protagonismo histórico. Pase lo que pase en el futuro personalmente me doy por satisfecho. La anomalía kirchnerista ha generado algo sorprendente que quizás solo pueda explicarse correctamente en el futuro. En nuestro ya tirando a veterano corazón todavía chispea la llamita de la liberación. Y si me apuran, de la revolución y la patria socialista. ¿Anacronismo? Quizás. La revolución es un sueño eterno. No nos alcanza una buena gestión. Por eso lo entiendo a Horacio González. Pero una buena gestión, un Estado presente y una más justa distribución de la riqueza es un buen comienzo. Y si no iremos a clamar y reclamar. Los setentistas nos estamos poniendo viejos, pero hay una pila de jovenes que levantan las banderas con admirable y envidiable alegría. El futuro. Que ellos recorran su propio camino. Y juremos con gloria vivir.